À.CASTIÑEIRA, J. M. LOZANO, - profesores Esade-URL -
LA VANGUARDIA 01/05/2011
Un lema simple - "ley y orden"-en la esfera pública y "vive y deja vivir" en la esfera privada
Hemos publicado el volumen Valors tous en temps durs. La societat catalana a l´Enquesta Europea de Valors 2009,resultado del estudio impulsado por la Fundació Lluís Carulla y la cátedra de Liderazgos de Esade. Esta encuesta se viene realizando en 45 países europeos desde el año 1981 repitiéndose cada década. En Catalunya tenemos los resultados de los años 1990, 2000 y 2009, tiempo suficiente para poder comparar respuestas, detectar cambios y estudiar la evolución de determinadas valoraciones. Estos instrumentos siempre son como un juego de espejos, en los que a veces se confunden diversas miradas, no fáciles de discernir (cómo nos vemos, cómo nos pensamos, cómo somos, cómo creemos que somos…). Pero la perspectiva comparada nos permite detectar tendencias que, sin caer en la tentación de la generalización, nos pueden ayudar a identificar algunos rasgos que nos configuran y pueden enriquecer nuestro debate público.
En primer lugar, se vislumbran tres evoluciones de largo recorrido presentes ya en los estudios anteriores. Hay un acentuado proceso de individualización que muestra un distanciamiento progresivo de las instituciones sociales tradicionales y de los vínculos colectivos. Sigue aumentando la preferencia por la realización personal. Y se da prioridad al bienestar emocional (por encima de la razón)
deslegitimando todo deber moral impuesto externamente por las instituciones.
Podemos destacar nueve rasgos tendenciales.
1. La familia sigue siendo un valor central pero padece profundos cambios: se desinstitucionaliza, pluraliza sus formas, democratiza sus relaciones y sus roles, pierde su carácter indisoluble y debilita sus relaciones de solidaridad intergeneracional. Tenemos una "familia plástica".
2. Hemos internalizado de manera unánime la igualdad de sexos y de roles y la mujer sigue apropiándose terrenos sociales antes negados. Esta igualdad de iure no significa sin embargo todavía una igualdad de facto.
3. Hay una progresiva pérdida de centralidad del valor del trabajo. El trabajo es cada vez menos un valor final y cada vez más un valor instrumental. Aumenta la deslealtad mutua entre empresa y trabajador y se debilitan los valores de pertenencia y compromiso.
4. Emergen dos nuevas centralidades: el ocio y el valor de las relaciones sociales o de amistad.
5. Sigue aumentado la participación asociativa, pero esta es mayoritariamente de signo pasivo (pago de cuotas), clientelar (deportivas, recreativas) o corporativo (profesionales). Desde 1990 crecen los denominados nuevos movimientos sociales (especialmente entre jóvenes) y descienden sindicatos, partidos políticos y organizaciones religiosas. Se produce a marchas forzadas una feminización del fenómeno asociativo.
6. Aumenta el grado de interés por la política y la participación informal de los ciudadanos, pero también es creciente la desafección hacia la clase política y sus instituciones y el alejamiento de las vías formales de participación. Se expresa un profundo sentimiento demócrata pero una gran insatisfacción con el desarrollo de la democracia.
7. Aumenta el sentimiento de pertenencia única o prioritariamente a Catalunya y disminuye el sentimiento de pertenencia a España. Retrocede la opción autonomista y aumenta claramente la opción independentista. Y se expresa una rotunda radicalidad democrática basada en el derecho a decidir de los catalanes.
8. Todos los segmentos sociales opinan que la inmigración comienza a ser excesiva en Catalunya. Es una queja más de tipo socioeconómico (relacionada con la escasez de recursos y la competencia laboral) que de tipo cultural.
9. Se refleja una secularización creciente y un aumento del ateísmo. Y en paralelo emerge una nueva forma de religiosidad desinstitucionalizada.Tenemos creyentes sin iglesia e iglesias sin creyentes.
Recapitulando… para el debate. La apropiación individualista de los diferentes espacios de nuestra vida nos lleva al rechazo de toda estandarización, de todo deber moral externo y a la personalización o adaptación de todo aquello que nos es significativo a nuestras preferencias personales. Llevamos una vida tuneada y tendemos a tunearlo todo: la familia, la religión, el trabajo, el ocio, la política… Contradictorio o no, este bricolaje vital se traduce en un lema simple: "Ley y orden" en la esfera pública y "Vive y deja vivir" en la esfera privada, con derivas hacia la laxitud moral, el presentismo y el hedonismo. En lo colectivo, el elemento que cohesiona nuestras individualidades es la identidad nacional. Combinamos un claro individualismo liberal con un fuerte sentimiento nacional, probablemente porque se sigue considerando que (el reconocimiento de) la dimensión nacional sigue siendo un componente relevante y valioso de nuestra individualidad.
En conclusión, hay tres grupos de valores que mueven y conmueven a los catalanes de hoy. Son tres grupos de valores en tensión que suponen tres retos de futuro. Por un lado, ¿sabremos equilibrar bien la combinación de nuestra autoafirmación individual y colectiva? En segundo lugar, nuestra progresiva desinstitucionalización y el rechazo de toda autoridad externa impuesta nos obligarán a reinventar nuestras pautas de vida cotidiana y nuestro sentido de la autoridad. Y, por último, ¿podremos conciliar los nuevos valores vinculados a la autonomía individual con los viejos valores colectivos de solidaridad, responsabilidad y cohesión social?
domingo, 17 de abril de 2011
Lectura y revolución digital. Aprender a leer, leer para aprender. Roger Chartier
Fuente: http://www.pensamientocritico.org/rogcha0310.pdf
La revolución digital de nuestro presente modifica todo a la vez, los soportes de la escritura, la técnica de su reproducción y diseminación, y las maneras de leer.
Tal simultaneidad resulta inédita en la historia de la humanidad. La invención de la imprenta no modificó las estructuras fundamentales del libro, compuesto, tanto antes como después de Gutenberg, por pliegos,hojas y páginas reunidos en un mismo objeto. En los primeros siglos de la era cristiana, esta se impuso a costa del rollo, pero no estuvo acompañada por una transformación de la técnica de reproducción de los textos, siempre asegurada por la copia manuscrita. Y si bien la lectura ha conocido varias revoluciones, señaladas o discutidas por los historiadores, todas ocurrieron durante la larga duración del codex: tal como son las
conquistas medievales de la lectura silenciosa y visual, la fiebre de lectura que caracterizó el
tiempo de las Luces, o incluso, a partir del siglo XIX, como lo hemos visto, la entrada en la
lectura de recién llegados: los medios populares, las mujeres y los niños.
Al romper el antiguo lazo anudado entre los textos y los objetos, entre los discursos y su
materialidad, entre los dos sentidos del libro entendido, a la vez, como soporte y como
obra, la revolución digital obliga a una radical revisión de los gestos y nociones que
asociamos con lo escrito. A pesar de la inercia del vocabulario, que intenta domesticar la
novedad denominándola con palabras familiares, los fragmentos de textos que aparecen en la
pantalla no son páginas, sino composiciones singulares y efímeras. Y, contrariamente a sus
predecesores, rollo o codex, el libro electrónico no se diferencia de las otras producciones de
la escritura por la evidencia de su forma material. La ruptura existe incluso en las aparentes
continuidades. La lectura frente a la pantalla es una lectura discontinua, segmentada, atada al
fragmento. ¿Acaso no resulta, por este hecho, la heredera directa de las prácticas permitidas
y suscitadas por el codex? En efecto, éste último invita a hojear los textos, apoyándose en
sus índices o bien a “sauts et gambades” como decía Montaigne. El codex invita también a
comparar diferentes pasajes, como lo quería la lectura tipológica de la Biblia, o a extraer y
copiar citas y sentencias, así como lo exigía la técnica humanista de los lugares comunes. Sin
embargo, la similitud morfológica no debe engañar. La discontinuidad y la fragmentación de la
lectura no tienen el mismo sentido cuando están acompañadas de la percepción de la totalidad
textual contenida en el objeto escrito, tal como la propone el codex, y cuando la superficie
luminosa donde aparecen los fragmentos textuales no deja ver inmediatamente los límites y
la coherencia del corpus de donde fueron extraídos.
22 La descontextualización de los fragmentos y la continuidad textual que no diferencia más los
diversos discursos a partir de su materialidad propia parecen contradictorios con los procederes
tradicionales del aprender leyendo, que supone tanto la comprensión inmediata, gracias a la
forma de su publicación, de valor del conocimiento procurado por los diversos discursos como
la percepción de las obras como obras, es decir en su totalidad y coherencia. Las mutaciones
contemporáneas no son sin riesgos como lo muestra la inquietante capacidad del mundo digital
a dar credibilidad a las falsificaciones o errores, a someter la jerarquía los conocimientos a la
lógica económica de las más poderosas empresas multimedia, o a establecer la dominación
cada día más fuerte del inglés como única lengua del saber. Estos temores son plenamente
legítimos y deben inspirar posibles maneras de limitar sus efectos desastrosos. Sin embargo,
no deben hacer olvidar otras realidades más prometedoras.
23 El sueño de la biblioteca universal parece hoy más próximo a hacerse realidad que nunca antes,
incluso más que en la Alejandría de los Ptolomeos. La conversión digital de las colecciones
existentes promete la constitución de una biblioteca sin muros, donde se podría acceder a todas
las obras que fueron publicadas en algún momento, a todos los escritos que constituyen el
patrimonio de la humanidad. La ambición es magnífica, y, como escribe Borges, “cuando se
proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante
felicidad”. Pero, seguramente, la segunda impresión debe inspirar una reflexión sobre lo
que implica la conversión digital que propone a los lectores contemporáneos textos cuyas
formas materiales no son más aquellas donde sus lectores del pasado los leyeron. Semejante
transformación no carece de precedentes, se podría decir, y fue en códices, y ya no en los rollos
de su primera circulación, que los lectores medievales y modernos se apropiaron de las obras
antiguas o, al menos, de aquellas que han podido o querido copiar. Seguramente. Pero para
comprender las significaciones que los lectores del pasado han dado a los textos de los que
se apoderaron, es necesario proteger, conservar y comprender los objetos escritos que los han
transmitido. La “felicidad extravagante” suscitada por la biblioteca universal podría volverse
impotente amargura si se traduce en la relegación o, peor aún, la destrucción de los objetos
impresos que han alimentado a lo largo del tiempo los pensamientos y sueños de aquellos y
aquellas que los han leído. La amenaza no es universal, y los incunables no tienen nada que
temer, pero no ocurre lo mismo con las más humildes y recientes publicaciones, sean o no
periódicas. Es la razón por la cual las bibliotecas deben mantenerse en el mundo de la red como
un lugar y una institución fundamental donde los lectores seguirán aprendiendo en los libros.
24 Al mismo tiempo que modifica las posibilidades del acceso al conocimiento, la revolución
digital transforma profundamente las modalidades de las argumentaciones y los criterios o
recursos que puede movilizar el lector para aceptarlas o rechazarlas. Por un lado, la textualidad
electrónica permite desarollar las argumentaciones o demostraciones según una lógica que ya
no es necesariamente lineal ni deductiva, tal como lo implica la inscripción de un texto sobre
una página, sino que puede ser abierta, estallada y relacional gracias a la multiplicación de
los vínculos hipertextuales. Por otro lado, y como consecuencia, el lector puede comprobar
la validez de cualquiera demostración consultando por sí mismo los textos (pero también las
imágenes, las palabras grabadas o composiciones musicales) que son el objeto del análisis
si, por supuesto, están accesibles en una forma digitalizada. Semejante posibilidad modifica
profundamente las técnicas clásicas de la prueba (notas del pie de páginas, citas, referencias)
que suponían que el lector hiciese confianza al autor sin poder colocarse en la misma posición
que éste frente a los documentos analizados y utilizados. En este sentido, la revolución de
la textualidad digital constituye también una mutación epistemológica que transforma las
modalidades de construcción y acreditación de los discursos del saber. Puede así abrir nuevas
perspectivas a la adquisición de los conocimientos otorgada por la lectura, cualquier sea la
modalidad de inscripción y transmisión del texto del cual se apodera.
25 Como siempre es el “ingenio lego”, Cervantes, el que puede aclarar las contradicciones
apuntadas por este texto. Sancho, que no sabe ni leer ni escribir, es sin embargo el depositario
de una sabiduría sentencial transmitida por los refranes y cuentos de su pueblo. Sancho
aprendió sin leer. Don Quijote, que ha leído hasta la locura, muestra la profunda ambivalencia
de la lectura - y de los libros. Pueden hacer el hombre más sabio, cuerdo y discreto, como lo
indica el hidalgo al caballero del verde gabán, pero pueden también hacerle perder el juicio.
En este sentido, Don Quijote leyó sin aprender, por lo menos sin aprender lo que requieren el
entendimiento y la prudencia. Leer para aprender, pero sabiendo que existen conocimientos
que no se encuentran encerrados en las páginas de los libros; aprender a leer, pero trazando su
propio camino en la selva o los jardines de los textos: tales son, hoy en día, las advertencias
que nos dejan don Quijote, un elefante que era “seco de carnes”, y Sancho, un cordero que
tenía “la barriga grande y las zancas largas”.
La revolución digital de nuestro presente modifica todo a la vez, los soportes de la escritura, la técnica de su reproducción y diseminación, y las maneras de leer.
Tal simultaneidad resulta inédita en la historia de la humanidad. La invención de la imprenta no modificó las estructuras fundamentales del libro, compuesto, tanto antes como después de Gutenberg, por pliegos,hojas y páginas reunidos en un mismo objeto. En los primeros siglos de la era cristiana, esta se impuso a costa del rollo, pero no estuvo acompañada por una transformación de la técnica de reproducción de los textos, siempre asegurada por la copia manuscrita. Y si bien la lectura ha conocido varias revoluciones, señaladas o discutidas por los historiadores, todas ocurrieron durante la larga duración del codex: tal como son las
conquistas medievales de la lectura silenciosa y visual, la fiebre de lectura que caracterizó el
tiempo de las Luces, o incluso, a partir del siglo XIX, como lo hemos visto, la entrada en la
lectura de recién llegados: los medios populares, las mujeres y los niños.
Al romper el antiguo lazo anudado entre los textos y los objetos, entre los discursos y su
materialidad, entre los dos sentidos del libro entendido, a la vez, como soporte y como
obra, la revolución digital obliga a una radical revisión de los gestos y nociones que
asociamos con lo escrito. A pesar de la inercia del vocabulario, que intenta domesticar la
novedad denominándola con palabras familiares, los fragmentos de textos que aparecen en la
pantalla no son páginas, sino composiciones singulares y efímeras. Y, contrariamente a sus
predecesores, rollo o codex, el libro electrónico no se diferencia de las otras producciones de
la escritura por la evidencia de su forma material. La ruptura existe incluso en las aparentes
continuidades. La lectura frente a la pantalla es una lectura discontinua, segmentada, atada al
fragmento. ¿Acaso no resulta, por este hecho, la heredera directa de las prácticas permitidas
y suscitadas por el codex? En efecto, éste último invita a hojear los textos, apoyándose en
sus índices o bien a “sauts et gambades” como decía Montaigne. El codex invita también a
comparar diferentes pasajes, como lo quería la lectura tipológica de la Biblia, o a extraer y
copiar citas y sentencias, así como lo exigía la técnica humanista de los lugares comunes. Sin
embargo, la similitud morfológica no debe engañar. La discontinuidad y la fragmentación de la
lectura no tienen el mismo sentido cuando están acompañadas de la percepción de la totalidad
textual contenida en el objeto escrito, tal como la propone el codex, y cuando la superficie
luminosa donde aparecen los fragmentos textuales no deja ver inmediatamente los límites y
la coherencia del corpus de donde fueron extraídos.
22 La descontextualización de los fragmentos y la continuidad textual que no diferencia más los
diversos discursos a partir de su materialidad propia parecen contradictorios con los procederes
tradicionales del aprender leyendo, que supone tanto la comprensión inmediata, gracias a la
forma de su publicación, de valor del conocimiento procurado por los diversos discursos como
la percepción de las obras como obras, es decir en su totalidad y coherencia. Las mutaciones
contemporáneas no son sin riesgos como lo muestra la inquietante capacidad del mundo digital
a dar credibilidad a las falsificaciones o errores, a someter la jerarquía los conocimientos a la
lógica económica de las más poderosas empresas multimedia, o a establecer la dominación
cada día más fuerte del inglés como única lengua del saber. Estos temores son plenamente
legítimos y deben inspirar posibles maneras de limitar sus efectos desastrosos. Sin embargo,
no deben hacer olvidar otras realidades más prometedoras.
23 El sueño de la biblioteca universal parece hoy más próximo a hacerse realidad que nunca antes,
incluso más que en la Alejandría de los Ptolomeos. La conversión digital de las colecciones
existentes promete la constitución de una biblioteca sin muros, donde se podría acceder a todas
las obras que fueron publicadas en algún momento, a todos los escritos que constituyen el
patrimonio de la humanidad. La ambición es magnífica, y, como escribe Borges, “cuando se
proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante
felicidad”. Pero, seguramente, la segunda impresión debe inspirar una reflexión sobre lo
que implica la conversión digital que propone a los lectores contemporáneos textos cuyas
formas materiales no son más aquellas donde sus lectores del pasado los leyeron. Semejante
transformación no carece de precedentes, se podría decir, y fue en códices, y ya no en los rollos
de su primera circulación, que los lectores medievales y modernos se apropiaron de las obras
antiguas o, al menos, de aquellas que han podido o querido copiar. Seguramente. Pero para
comprender las significaciones que los lectores del pasado han dado a los textos de los que
se apoderaron, es necesario proteger, conservar y comprender los objetos escritos que los han
transmitido. La “felicidad extravagante” suscitada por la biblioteca universal podría volverse
impotente amargura si se traduce en la relegación o, peor aún, la destrucción de los objetos
impresos que han alimentado a lo largo del tiempo los pensamientos y sueños de aquellos y
aquellas que los han leído. La amenaza no es universal, y los incunables no tienen nada que
temer, pero no ocurre lo mismo con las más humildes y recientes publicaciones, sean o no
periódicas. Es la razón por la cual las bibliotecas deben mantenerse en el mundo de la red como
un lugar y una institución fundamental donde los lectores seguirán aprendiendo en los libros.
24 Al mismo tiempo que modifica las posibilidades del acceso al conocimiento, la revolución
digital transforma profundamente las modalidades de las argumentaciones y los criterios o
recursos que puede movilizar el lector para aceptarlas o rechazarlas. Por un lado, la textualidad
electrónica permite desarollar las argumentaciones o demostraciones según una lógica que ya
no es necesariamente lineal ni deductiva, tal como lo implica la inscripción de un texto sobre
una página, sino que puede ser abierta, estallada y relacional gracias a la multiplicación de
los vínculos hipertextuales. Por otro lado, y como consecuencia, el lector puede comprobar
la validez de cualquiera demostración consultando por sí mismo los textos (pero también las
imágenes, las palabras grabadas o composiciones musicales) que son el objeto del análisis
si, por supuesto, están accesibles en una forma digitalizada. Semejante posibilidad modifica
profundamente las técnicas clásicas de la prueba (notas del pie de páginas, citas, referencias)
que suponían que el lector hiciese confianza al autor sin poder colocarse en la misma posición
que éste frente a los documentos analizados y utilizados. En este sentido, la revolución de
la textualidad digital constituye también una mutación epistemológica que transforma las
modalidades de construcción y acreditación de los discursos del saber. Puede así abrir nuevas
perspectivas a la adquisición de los conocimientos otorgada por la lectura, cualquier sea la
modalidad de inscripción y transmisión del texto del cual se apodera.
25 Como siempre es el “ingenio lego”, Cervantes, el que puede aclarar las contradicciones
apuntadas por este texto. Sancho, que no sabe ni leer ni escribir, es sin embargo el depositario
de una sabiduría sentencial transmitida por los refranes y cuentos de su pueblo. Sancho
aprendió sin leer. Don Quijote, que ha leído hasta la locura, muestra la profunda ambivalencia
de la lectura - y de los libros. Pueden hacer el hombre más sabio, cuerdo y discreto, como lo
indica el hidalgo al caballero del verde gabán, pero pueden también hacerle perder el juicio.
En este sentido, Don Quijote leyó sin aprender, por lo menos sin aprender lo que requieren el
entendimiento y la prudencia. Leer para aprender, pero sabiendo que existen conocimientos
que no se encuentran encerrados en las páginas de los libros; aprender a leer, pero trazando su
propio camino en la selva o los jardines de los textos: tales son, hoy en día, las advertencias
que nos dejan don Quijote, un elefante que era “seco de carnes”, y Sancho, un cordero que
tenía “la barriga grande y las zancas largas”.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Avishai Margalit: La sociedad decente (Paidós)
Ni humillados ni ofendidos
FERNANDO SAVATER 22/03/2011
A diferencia de las utopías, que son maniáticamente detallistas y cerradas (el sueño de unos pocos que se convierte en pesadilla de todos los demás, si se llevan a la práctica), los ideales sirven siempre de generosa inspiración pero pagan el precio de mantenerse inconcretos y permitir interpretaciones contradictorias. De modo que la pregunta "¿qué tipo de sociedad queremos?" no es nada fácil de contestar. Mencionamos palabras venerables -libertad, justicia, seguridad, igualdad...- pero luego constatamos que cada cual tiene su propia versión de ellas y que en todo caso no es fácil que casen unas con otras sin eso que Max Weber llamaba "choque de dioses".
Sin embargo, más allá de la solución de problemas logísticos concretos o de repeler ciertos males, parece humanamente necesario algún bosquejo de la sociedad deseable: en principio, por razones educativas. Quienes hoy propugnan abolir cualquier ideario político del programa docente -¡la infame Educación para la Ciudadanía!- denuncian así su pánico a definir de modo articulado y conjunto lo que tienen por preferible o a que, si lo hacen, se evidencie su incompatibilidad con los derechos fundamentales ya establecidos en las democracias contemporáneas. Al neófito que pregunta el porqué de cuanto proscribimos o prescribimos ningún maestro puede responder solamente: "De momento, es lo que hay".
Por supuesto, necesitamos una orientación general debatible y no un recetario de dogmas inapelables. Buscamos fórmulas no lacradas con el sello bloqueador de la izquierda o la derecha. De ahí el interés de La sociedad decente (Paidós) del profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Avishai Margalit, cuya primera inspiración es probablemente la noción de common decency de George Orwell. Para Margalit, la sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a ningún ciudadano, es decir no lesionan el respeto que se tienen a sí mismos ni excluyen a ninguna minoría moralmente legítima. Las leyes encauzan y acogen, pero procuran no ofender imponiendo condicionamientos que jerarquicen a los ciudadanos en primera, segunda... o tercera clase. Desde luego, tampoco este desiderátum es obvio ni intuitivo y la obra del profesor Margalit -que tiene como trasfondo vital aunque no teórico la convivencia entre judíos y palestinos- recorre sus variados aspectos con análisis siempre interesantes aunque a veces objetables.
También en España se proponen leyes que pretenden acabar con posibles humillaciones en nuestra sociedad. En el Gobierno hay gente que ha leído a Margalit, por lo cual no cabe sino felicitar a los interesados. Su tarea desde luego no es fácil, porque en materia de humillaciones parece que nos va la marcha. Viendo imágenes recientes de las pasadas rebajas de enero, cuando tantos voluntarios de ambos sexos se avinieron a presentarse en los grandes almacenes en calzoncillos, bragas y sostén para conseguir así más calzoncillos, bragas y sostenes a buen precio, uno se pregunta cómo puede humillarse a gente tan contenta de humillarse a sí misma. Por no hablar de los numerosos programas del corazón basados en la humillación pública de espontáneos que la aceptan sea gratis o cobrando, pero sobre todo en la humillación moral de los espectadores que no solo no padecen ofensa al verlos sino que se refocilan rebajándose. Difícil salvar de humillaciones a tantos entusiastas de ellas...
Sin embargo, algo se puede hacer. Ya que la noción de igualdad entre los sexos ha sido un caballo de batalla de este Gobierno, pueden prevenirse humillaciones abogando por la custodia compartida de los hijos o los permisos de paternidad para los varones. Y como cunde la afición alguacilesca a prohibirnos cosas por nuestro bien, será bueno recordar esta opinión de Margalit: "el paternalismo, que pretende hablar en nombre de los verdaderos intereses de las personas, es especialmente humillante, en cuanto las trata como si fueran seres inmaduros". Contra la humillación, tolerancia, ecuanimidad y reflexión.
FERNANDO SAVATER 22/03/2011
A diferencia de las utopías, que son maniáticamente detallistas y cerradas (el sueño de unos pocos que se convierte en pesadilla de todos los demás, si se llevan a la práctica), los ideales sirven siempre de generosa inspiración pero pagan el precio de mantenerse inconcretos y permitir interpretaciones contradictorias. De modo que la pregunta "¿qué tipo de sociedad queremos?" no es nada fácil de contestar. Mencionamos palabras venerables -libertad, justicia, seguridad, igualdad...- pero luego constatamos que cada cual tiene su propia versión de ellas y que en todo caso no es fácil que casen unas con otras sin eso que Max Weber llamaba "choque de dioses".
Necesitamos una orientación general debatible y no un recetario de dogmas inapelables
Sin embargo, más allá de la solución de problemas logísticos concretos o de repeler ciertos males, parece humanamente necesario algún bosquejo de la sociedad deseable: en principio, por razones educativas. Quienes hoy propugnan abolir cualquier ideario político del programa docente -¡la infame Educación para la Ciudadanía!- denuncian así su pánico a definir de modo articulado y conjunto lo que tienen por preferible o a que, si lo hacen, se evidencie su incompatibilidad con los derechos fundamentales ya establecidos en las democracias contemporáneas. Al neófito que pregunta el porqué de cuanto proscribimos o prescribimos ningún maestro puede responder solamente: "De momento, es lo que hay".
Por supuesto, necesitamos una orientación general debatible y no un recetario de dogmas inapelables. Buscamos fórmulas no lacradas con el sello bloqueador de la izquierda o la derecha. De ahí el interés de La sociedad decente (Paidós) del profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Avishai Margalit, cuya primera inspiración es probablemente la noción de common decency de George Orwell. Para Margalit, la sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a ningún ciudadano, es decir no lesionan el respeto que se tienen a sí mismos ni excluyen a ninguna minoría moralmente legítima. Las leyes encauzan y acogen, pero procuran no ofender imponiendo condicionamientos que jerarquicen a los ciudadanos en primera, segunda... o tercera clase. Desde luego, tampoco este desiderátum es obvio ni intuitivo y la obra del profesor Margalit -que tiene como trasfondo vital aunque no teórico la convivencia entre judíos y palestinos- recorre sus variados aspectos con análisis siempre interesantes aunque a veces objetables.
También en España se proponen leyes que pretenden acabar con posibles humillaciones en nuestra sociedad. En el Gobierno hay gente que ha leído a Margalit, por lo cual no cabe sino felicitar a los interesados. Su tarea desde luego no es fácil, porque en materia de humillaciones parece que nos va la marcha. Viendo imágenes recientes de las pasadas rebajas de enero, cuando tantos voluntarios de ambos sexos se avinieron a presentarse en los grandes almacenes en calzoncillos, bragas y sostén para conseguir así más calzoncillos, bragas y sostenes a buen precio, uno se pregunta cómo puede humillarse a gente tan contenta de humillarse a sí misma. Por no hablar de los numerosos programas del corazón basados en la humillación pública de espontáneos que la aceptan sea gratis o cobrando, pero sobre todo en la humillación moral de los espectadores que no solo no padecen ofensa al verlos sino que se refocilan rebajándose. Difícil salvar de humillaciones a tantos entusiastas de ellas...
Sin embargo, algo se puede hacer. Ya que la noción de igualdad entre los sexos ha sido un caballo de batalla de este Gobierno, pueden prevenirse humillaciones abogando por la custodia compartida de los hijos o los permisos de paternidad para los varones. Y como cunde la afición alguacilesca a prohibirnos cosas por nuestro bien, será bueno recordar esta opinión de Margalit: "el paternalismo, que pretende hablar en nombre de los verdaderos intereses de las personas, es especialmente humillante, en cuanto las trata como si fueran seres inmaduros". Contra la humillación, tolerancia, ecuanimidad y reflexión.
domingo, 20 de marzo de 2011
RELIGIÓN Y NEUROCIENCIAS
VÉASE:
Sentido y sinsentido de la fe: Rentschler, Rabea y Könneker, Carsten
Desde que hace más de 150 años apareciera la obra de Darwin "El origen de las especies", existe una disputa sobre las consecuencias de la teoría de la evolución para nuestra imagen del mundo. ¿Se ha vuelto superflua la idea de un creador?
En 1879 Charles Darwin escribía a un amigo: "Me parece absurdo poner en duda que un hombre pueda ser un teísta apasionado y un evolucionista". ¿Son realmente incompatibles la fe en Dios y una perspectiva evolucionista estricta?
Wuketits: Creo que sí. Sólo si se toma la fe en Dios en un sentido muy amplio es compatible con la teoría de la evolución. En este sentido, Einstein era, en cierto modo, religioso. Más problemático resulta con cualquier tipo de fe en un creador, en especial con los creacionistas: la convicción de que el mundo surgió en seis días entra inequívocamente en contradicción con el pensamiento evolucionista.
Schröder: Sin embargo, se puede creer en un creador sin ser creacionista. Copérnico, Kepler, Galileo, los padres de las modernas ciencias naturales, trataron de comprender cómo Dios había creado el mundo. Querían descifrar el plan divino de la creación con la ayuda de las matemáticas.
Seguir en:
Mente y cerebro: 45 -Biología de la religión
http://www.investigacionyciencia.es/Digital/solo_articulo.asp?indice=0
Homo religiosus Blume, Michael
El debate todavía vigente sobre ciencia y religión gira de nuevo: los investigadores indagan ahora las raíces biológicas de la fe. Múltiples datos revelan la espiritualidad y la religiosidad como productos "beneficiosos" de la evolución.
Inicio artículo
En el paleolítico medio, hace al menos 120.000 años, el Homo sapiens y el neandertal hicieron algo que hasta entonces no se le había ocurrido a ninguna otra especie de nuestro planeta: enterraron a sus muertos en lugares rituales. El número y la complejidad de estas sepulturas se incrementaron muy rápidamente, según permiten suponer los hallazgos arqueológicos. Hoy, por supuesto, se celebran funerales en todas las culturas; incluso los movimientos decididamente ateos conducen de modo ritual a sus muertos al más allá. En torno a Lenin, Mao o Atatürk se escenifica un culto verdaderamente religioso: sus adeptos los perpetúan en imágenes y citas, los protegen de las críticas e incluso les construyen lujosos mausoleos. Todo ello nos deriva a una conjetura aún irresoluta: ¿supuso la preocupación por los muertos el inicio de la religiosidad humana?
En contadas ocasiones nos encontramos preguntas de biología evolutiva como ésta en el acalorado debate sobre el sentido y el sinsentido de la religión que se desarrolla en los medios de comunicación, la política y la ciencia. Por un lado, una nueva generación de creacionistas religiosamente motivados ataca, bajo la consigna de "diseño inteligente", la todavía actual teoría de la evolución de Charles Darwin. Por otra parte, los "nuevos ateos", como el zoólogo británico Richard Dawkins, difaman toda forma de fe religiosa bajo el concepto de "ilusión de Dios". Lejos de este intercambio de ataques mediáticos, algunos científicos tratan de indagar las raíces biológicas del comportamiento religioso. Uno de ellos es Jesse Bering, psicólogo de la Universidad norirlandesa de Belfast, quien investiga desde 2003 a través de una serie de experimentos originales cómo surge la fe en "observadores sobrenaturales" (espíritus o dioses) e influye en la conducta de los individuos
Recuadro - "Yes, we believe!" ('¡Sí, nosotros creemos!') Bassimir, Anja-Maria y Blume, Michael
Cuatro razones por las que los estadounidenses creen de otra manera.
El comportamiento religioso no tiene sólo sus raíces en la biología; también está fuertemente marcado por el entorno cultural y social. Esto se refleja incluso en la interpretación de evidencias científicas supuestamente "duras": en Estados Unidos, los investigadores suelen coincidir en que los hombres con epilepsia del lóbulo temporal son especialmente religiosos. "En Alemania raramente se determina este hecho", constató hace algunos años el ya fallecido neurocientífico de Bonn Detlef B. Linke. Es probable que la mayor religiosidad, en términos generales, de los ciudadanos norteamericanos influya en que las declaraciones de los pacientes se interpreten más bien en un sentido espiritual. La comparación estadística entre Estados Unidos y Europa muestra que, de hecho, se diferencian claramente el tipo y la intensidad de las prácticas religiosas a este y allende lado del Atlántico. Cuatro son las causas principales.
http://www.investigacionyciencia.es/Digital/Productos00.asp?producto=675&listaDeBusqueda=Si
Sentido y sinsentido de la fe: Rentschler, Rabea y Könneker, Carsten
Desde que hace más de 150 años apareciera la obra de Darwin "El origen de las especies", existe una disputa sobre las consecuencias de la teoría de la evolución para nuestra imagen del mundo. ¿Se ha vuelto superflua la idea de un creador?
En 1879 Charles Darwin escribía a un amigo: "Me parece absurdo poner en duda que un hombre pueda ser un teísta apasionado y un evolucionista". ¿Son realmente incompatibles la fe en Dios y una perspectiva evolucionista estricta?
Wuketits: Creo que sí. Sólo si se toma la fe en Dios en un sentido muy amplio es compatible con la teoría de la evolución. En este sentido, Einstein era, en cierto modo, religioso. Más problemático resulta con cualquier tipo de fe en un creador, en especial con los creacionistas: la convicción de que el mundo surgió en seis días entra inequívocamente en contradicción con el pensamiento evolucionista.
Schröder: Sin embargo, se puede creer en un creador sin ser creacionista. Copérnico, Kepler, Galileo, los padres de las modernas ciencias naturales, trataron de comprender cómo Dios había creado el mundo. Querían descifrar el plan divino de la creación con la ayuda de las matemáticas.
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Mente y cerebro: 45 -Biología de la religión
http://www.investigacionyciencia.es/Digital/solo_articulo.asp?indice=0
Homo religiosus Blume, Michael
El debate todavía vigente sobre ciencia y religión gira de nuevo: los investigadores indagan ahora las raíces biológicas de la fe. Múltiples datos revelan la espiritualidad y la religiosidad como productos "beneficiosos" de la evolución.

En el paleolítico medio, hace al menos 120.000 años, el Homo sapiens y el neandertal hicieron algo que hasta entonces no se le había ocurrido a ninguna otra especie de nuestro planeta: enterraron a sus muertos en lugares rituales. El número y la complejidad de estas sepulturas se incrementaron muy rápidamente, según permiten suponer los hallazgos arqueológicos. Hoy, por supuesto, se celebran funerales en todas las culturas; incluso los movimientos decididamente ateos conducen de modo ritual a sus muertos al más allá. En torno a Lenin, Mao o Atatürk se escenifica un culto verdaderamente religioso: sus adeptos los perpetúan en imágenes y citas, los protegen de las críticas e incluso les construyen lujosos mausoleos. Todo ello nos deriva a una conjetura aún irresoluta: ¿supuso la preocupación por los muertos el inicio de la religiosidad humana?
En contadas ocasiones nos encontramos preguntas de biología evolutiva como ésta en el acalorado debate sobre el sentido y el sinsentido de la religión que se desarrolla en los medios de comunicación, la política y la ciencia. Por un lado, una nueva generación de creacionistas religiosamente motivados ataca, bajo la consigna de "diseño inteligente", la todavía actual teoría de la evolución de Charles Darwin. Por otra parte, los "nuevos ateos", como el zoólogo británico Richard Dawkins, difaman toda forma de fe religiosa bajo el concepto de "ilusión de Dios". Lejos de este intercambio de ataques mediáticos, algunos científicos tratan de indagar las raíces biológicas del comportamiento religioso. Uno de ellos es Jesse Bering, psicólogo de la Universidad norirlandesa de Belfast, quien investiga desde 2003 a través de una serie de experimentos originales cómo surge la fe en "observadores sobrenaturales" (espíritus o dioses) e influye en la conducta de los individuos
Recuadro - "Yes, we believe!" ('¡Sí, nosotros creemos!') Bassimir, Anja-Maria y Blume, Michael
Cuatro razones por las que los estadounidenses creen de otra manera.
El comportamiento religioso no tiene sólo sus raíces en la biología; también está fuertemente marcado por el entorno cultural y social. Esto se refleja incluso en la interpretación de evidencias científicas supuestamente "duras": en Estados Unidos, los investigadores suelen coincidir en que los hombres con epilepsia del lóbulo temporal son especialmente religiosos. "En Alemania raramente se determina este hecho", constató hace algunos años el ya fallecido neurocientífico de Bonn Detlef B. Linke. Es probable que la mayor religiosidad, en términos generales, de los ciudadanos norteamericanos influya en que las declaraciones de los pacientes se interpreten más bien en un sentido espiritual. La comparación estadística entre Estados Unidos y Europa muestra que, de hecho, se diferencian claramente el tipo y la intensidad de las prácticas religiosas a este y allende lado del Atlántico. Cuatro son las causas principales.
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