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lunes, 19 de septiembre de 2011

No es verdad, de Albert Chillón y Lluís Duch


La Vanguardia, 16-sept-2011
Occidente, Europa y España se  debaten al borde de un vertiginoso torbellino, el mayor peligro que han encarado desde el final de la Segunda Guerra. Algunas de sus naves amenazan naufragio, y en casi todas cunde la alarma por las pérdidas que crecen a ojos vista. Mientras ciertas élites se libran de él o se lucran a sus expensas, la ciudadanía vive el acre despertar de un ensueño de falsa pujanza, y descubre que el crucero europeo sufre el asedio de una globalización sin riendas, y sobre todo de la venal desregulación promovida por un dogmatismo ultraliberal que se ha enseñoreado del Primer Mundo, a costa de los derechos y garantías conquistados tras 1945.

Alentada por el grueso de las instituciones financieras, políticas y mediáticas, la espejismo de prosperidad que ha gestado el tsunami nació con las ya lejanas presidencias de Reagan y Thatcher; se nutrió de la ruina de la utopía socialista que la caída del Muro de Berlín resume; campó por sus fueros con la constelación neocon fraguada en la era Bush -tan activa hoy y aquí, así en el PP y CiU como en el PSOE incluso-; y fue artículo de fe para la ciudadanía de una supuesta non stop society que habría hecho coincidir realidad y deseo por vez primera en la historia.

Incluso la palabra crisis,tan difícil de evitar, forma parte de la general impostura, ya que otorga un sesgo cuasi meteorológico al metódico -y en buena medida deliberado- desahucio de las democracias vigentes. Con el Estado de bienestar, cercenado por políticas inspiradas en una panideología neocapitalista que descarta toda crítica y alternativa, va socavándose el patrimonio de justicia e igualdad arduamente conquistado por las clases subalternas en el último siglo y medio. Pero sobre todo va arruinándose el imperfecto aunque indispensable complejo sociopolítico llamado democracia, y con él el legado ilustrado que la modernidad alumbró con dolor y sudor extremos.

Ahora la resaca de la general embriaguez se tiñe de angustia, y revela que el balneario del que creíamos gozar es un purgatorio para demasiadas personas, abrumadas por drásticos recortes en sanidad, educación y recursos que ni siquiera rozan a las más pudientes. Son, de hecho, las que ya vivían en la pobreza y las clases medias que van despeñándose en ella quienes arrostran la factura, acogotadas por draconianas hipotecas y deudas, por la rampante precariedad y por la indefensión jurídica ante los desmanes de las instituciones financieras y de los mismos gobiernos, empeñados en pregonar -con patriótica prosopopeya- que no cabe más respuesta que tamaña injusticia.

Es preciso recordar, no obstante, que el pandemonio en curso fue bendecido ya en 1992 por el doctrinario neocon Francis Fukuyama, quien pregonó que el derrumbe del bloque soviético habría certificado el presunto fin de la historia, entendida como lucha entre clases e ideologías; que la ortodoxia neoliberal se habría impuesto a las utopías emancipatorias; que el capitalismo no sería un sistema más, sino el único factible; y que los EE. UU. anteriores al 11-S serían poco menos que una utopía encarnada: auténtica hictopía en la Tierra.

La libertad requiere la autonomía responsable de los ciudadanos, pero estos tienden hoy a integrar una neoservidumbre sofisticada, secuestrados por los mistéricos mercados y sus tecnocracias.

El siglo XIX extrajo una gran lección de los perversos efectos de la revolución industrial: se reveló perentorio instaurar los cauces de ayuda mutua y afiliación de los que proceden los tradicionales sindicatos y partidos; e impulsar proyectos emancipatorios que, en proverbial expresión de Marx, exigiesen de cada quien según sus capacidades y le proveyesen según sus necesidades.

Los idearios de reforma y revolución que entonces cundieron, con el marxismo al frente, tuvieron la virtud de desvelar la inhumana explotación que acarreaba el mercado libre, y de promover una alternativa global que espoleó los principales movimientos sociales modernos. Es cierto que tan auroral ensueño devino pesadilla en la URSS y sus satélites, pero también que desde 1945 -en Europa occidental al menos- permitió interpretar y denunciar la apropiación desigual de la riqueza, y fomentó vías democráticas que mitigaron su azote.

El pensamiento único que nos asuela soslaya esa herencia adrede, obcecado en consumar su hegemonía a cualquier precio. Pero la ciudadanía debe avivar el seso y recordar su imperecedero mensaje de justicia y liberación, y así combatir los desmanes de un hipercapitalismo que tiende a convertir a los gobiernos en marionetas y a los ciudadanos en súbditos inmolados en el altar del beneficio sacrosanto con el que especulan quienes perpetran sus arterías entre bastidores. Ha llegado la hora de disentir y decir no. No es verdad que estas sean las únicas medidas posibles para afrontar la crisis;ni que sus costes se estén repartiendo; ni que haya que suprimir aulas y ambulancias, quirófanos y urgencias. Tampoco lo es que los grandes salarios, beneficios y fortunas sean intocables amén de invisibles, por más que gobernantes y expertos lo repitan hasta el hartazgo. Hay mucho dinero blanco y negro en circulación, detentado por tinglados y gentes impunes. Y urgen políticas de redistribución y compensación, leyes y acciones que les pongan coto.

Albert Chillón, profesor titular de la Universitat Autònoma de Barcelona y escritor, Lluís Duch antropólogo y monje de Montserrat.

sábado, 14 de mayo de 2011

Un mundo a la intemperie,

Todavía colea en la cartelera Inside job, el más pavoroso relato de terror de los últimos años. Exhibido en contadas salas, el documental revela los delirios y desmanes financieros que hace tres años abrieron la sima en que nos despeñamos. Los principales responsables fueron, no cabe duda, un nutrido puñado de bancos, tinglados crediticios y agencias de evaluación a cuyo lado las arterías de mafias y camorras semejan juegos de niños. Pero también, en modos y grados diversos, buen número de organismos internacionales y estados; de entidades regionales y locales; de medios de comunicación y centros de instrucción, amén de millones de súbditos embaucados no sólo por las artimañas de los delincuentes de traje y corbata, sino por sus propios ensueños de posesión sin freno.

Desazonado en la sala a oscuras, el espectador reconoce ciertos signos de la histórica mutación que, a guisa de opaca salmodia, la opinión publicada suele llamar crisis. Como si se tratase de un brete del que Europa y Occidente saldrán renovados e intactos, tarde o temprano; y como si su índole fuese económica en sustancia, y por tanto curable gracias a los abracadabras y misterios que los oficiantes de la pertinente disciplina custodian. Y se rebulle en la butaca según comprende que esta no es una coyuntura fugaz, sino una metamorfosis que parirá un mundo muy diferente al que vive.

Además de los que expone el documental, los síntomas son palpables. El efímero Estado de bienestar está quebrando a ojos vista, desmantelado por los mismos poderes fácticos a los que ha regalado trozos ingentes del público erario. La constelación neocon, inductora principal de la debacle, pervierte el legado del liberalismo y corroe con su cínico vitriolo el ideal de la democracia y su praxis. Las laboriosas conquistas del movimiento obrero y la sociedad civil son inmoladas en el ara del dios Progreso y sus santos Mercados: inequívocos perpetradores del latrocinio erigidos en sus acreedores implacables. La genuflexa socialdemocracia se debate por respirar al tiempo que, huérfana de idearios y utopías, ejecuta las órdenes de los que mandan a costa de los ciudadanos. El proyecto de Unión Europea – un crucero botado tras 1945 con sangre, lágrimas y sudor-hace aguas mientras los nacionalismos grandes y chicos campan por sus fueros, la periferia del continente se arruina y el imperio global lo deserta en favor del capitalismo autoritario de Extremo Oriente y los Brics, cuya amenaza pende incluso sobre EE.UU. Las tradicionales estructuras de acogida que antaño encauzaban la socialización – educación y ciudad, familia y afectividad, religión y culto- llevan décadas deteriorándose sin que ninguna otra instancia, a excepción del ciberentorno y los medios clásicos, se encarguen de recoger su testigo. Y, entre tanto, sujetos y colectivos asisten a la colosal muda entre perplejos y amedrentados, más inermes aún cuanto más se confían a la espectacular pasividad que fomentan los ídolos del tiempo, sean balompédicos, consumistas o identitarios.

Son sólo algunos relevantes rasgos de la alteración en curso, elegidos adrede entre otros con los que integran un encaje alarmante: el “mundo dado por garantizado” está viniéndose abajo a ritmo vivo, y con él el haz de hábitos, implícitos y referencias que hacen viable la relativamente armónica convivencia. Lo que hoy se halla en trance de extinción es la variopinta herencia que las generaciones se transmiten, ese acervo de creencias e ideas, instituciones y procederes que permiten construir – crítica y heterodoxia incluidas-una sociedad no sólo hospitalaria para sus miembros, sino para los que habrán de serlo mañana.

La humana existencia es y será siempre problemática e imprevisible, de ahí que la pérdida de derechos y garantías que por doquier se percibe conlleve la de una frágil y preciosa salvaguarda. Sin ella tiende a envilecerse el vivir, recíproca depredación que el romántico Géricault pintó con negra maestría en el cuadro La balsa de la Medusa.Como en esa chalupa de pesadilla, el naufragio en ciernes amaga cobrarse innúmeras víctimas y condenar a los resistentes a disputar y bregar sobre exiguas balsas, no sólo arrostrando la procelosa deriva en mar abierto, sino el extravío de los vínculos éticos, políticos y educativos que deberían orientar el bogar de todos. ¿Estará en nuestra mano, empero, rehacer la responsabilidad, confianza y lealtad que fundan toda convivencia cuando la galerna remita? ¿Legaremos un habitable porvenir a nuestros herederos, o apenas el aquelarre de lobos que Hobbes temió en su dictum famoso?

Un mundo que se soñaba próspero y a salvo se descubre de buenas a primeras a la intemperie, cada vez más ayuno de razonables garantías y derechos, y expuesto al acoso de hienas y demagogos, especuladores y chacales. Y se sorprende, ante todo, huérfano de las cartografías que la educación procuraba cuando no era aún adoctrinamiento crudo, y estafado por un complejo de dominio que está trocando la democracia en parodia, la naturaleza en vertedero, la ciudadanía en público y, en suma, su expoliadora voracidad en religión profana. En el instante de rematar estas líneas, la muerte de Bin Laden trasciende a los noticiarios, liquidado sin juicio ni garantías en un sombrío augurio de tiempos peores.

ALBERT CHILLÓN ,profesor titular de la Universitat Autònoma de Barcelona y escritor LLUÍS DUCH, antropólogo y monje de Montserrat.

Fuente: LA VANGUARDIA, 12 de mayo de 2011