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lunes, 19 de septiembre de 2011

¿Es posible otra democracia?


Josep Pulido

LA VANGUARDIA 12/06/2011

El déficit de la democracia española se refleja de diversos modos: aumento de la abstención y del voto en blanco, aparición de movimientos como el los indignados del 15-M... 

¿Es posible otra democracia en España? 
¿El sistema parlamentario actual ha tocado fondo? 
¿Sigue apostando la mayoría silenciosa por el modelo actual? 
¿Puede reformarse o hay que crear otro nuevo?

Más pluralidad e igualdad

Marc Parés

El movimiento del 15-M ha puesto sobre la mesa el debate en torno a la calidad ética y democrática de nuestro sistema político en un momento en que la incredulidad de la ciudadanía hacia la política institucional es cada vez mayor. Hemos podido constatarlo en las últimas elecciones municipales, con un 45% de abstención y un fuerte aumento tanto del voto en blanco (4,1%) como del voto nulo (1,72%).

También son significativos los datos de los últimos comicios autonómicos en Catalunya, a través de los cuales se escogió un Parlamento que sólo representa al 54,83% de la ciudadanía. Tenemos, por lo tanto, una importante crisis de representatividad y, en consecuencia, de legitimidad. Este, sin embargo, no es el único problema de nuestra democracia. Tenemos también un déficit de funcionalidad. En otras palabras, las políticas públicas que están produciendo nuestros gobiernos no son capaces de dar respuestas satisfactorias a las expectativas y las necesidades de los ciudadanos.

Parece, pues, que cada vez se hace más necesario evaluar nuestra democracia y cuestionarse si puede haber otra manera de hacer las cosas. La evaluación de la calidad de las democracias, de hecho, se ha convertido en una práctica bastante extendida a lo largo de la última década. Diversas organizaciones internacionales han desarrollado índices para hacerlo (The Economist,Polity IV, Freedom House).Todos ellos, sin embargo, han tendido a vincular la democracia con el sistema político y sus instituciones, analizando cuestiones como el sistema electoral, la separación de poderes o los derechos y libertades individuales, siempre desde la óptica de la democracia liberal-representativa. En cambio, no se han detenido a analizar la calidad democrática de las políticas públicas impulsadas por los gobiernos.

Para mejorar la calidad de nuestra democracia y hacer frente a la desafección política, sin embargo, no hay bastante con cambiar la ley electoral y llevar a cabo determinadas reformas al sistema. Hace falta que nos fijemos también con las características de los procesos de elaboración de las políticas públicas. Los políticos, de una vez por todas, tendrían que entender que el voto de los ciudadanos no es un cheque en blanco.
La democracia no se construye cada cuatro años, se tiene que construir cada día. Para hacerlo hacen falta nuevas maneras de hacer política, nuevos estilos y nuevos instrumentos que permitan canalizar las demandas y que potencien que los poderes públicos no sólo gobiernen para el pueblo sino con el pueblo.

Diversos autores han teorizado sobre esta cuestión. Benjamin Barber publicó el año 1984 el libro Strong democracy: Participatory Politics for a New Age donde cuestionaba la democracia liberal-representativa. Recuperando los principios de la democracia antigua y siguiendo la tradición republicana, Barber apostaba por una democracia fuerte basada en la idea de una comunidad autogobernada de ciudadanos. Siguiendo esta tendencia, autores como Gutmann y Thompson (2004) o Habermas (1999) defienden a un modelo diferente de administración pública, capaz de elaborar sus políticas a partir de la deliberación. Una administración que escuche, fomente el debate y promueva la implicación de la ciudadanía en la toma de decisiones públicas.

Este nuevo modelo de democracia, que puede concretarse con matices y nombres diversos - participativa, deliberativa, directa-,ya se ha empezado a poner en práctica en algunos lugares. Hemos visto recientemente el caso de Islandia, si bien hay otras experiencias, sobre todo a nivel local, que ya hace tiempo que están trabajando en prácticas de profundización democrática que van mucho más allá de un simple referéndum. Ejemplos pioneros como el de los presupuestos participativos del Brasil han demostrado que es posible hacerlo. También en nuestra casa encontramos algunos municipios como El Figaró o Santa Cristina d´Aro que han apostado decididamente por otra manera de hacer política y han tenido éxito.

Es evidente que todavía hay mucho campo para recorrer y no hay recetas mágicas: hay que innovar para encontrar nuevas formas de hacer política que se basen en la transparencia, el rendimiento de cuentas y la participación. Los tradicionales consejos consultivos no son suficientes para hacer frente a este reto. Hay que pensar en otras formas de participación más flexibles, más abiertas y que realmente respondan a las necesidades de la población. Hace falta apostar por nuevos mecanismos que garanticen la pluralidad y la igualdad, que sean capaces de sistematizar las aportaciones de la ciudadanía, que lleguen a resultados concretos, que se apliquen sobre cuestiones realmente relevantes y que doten al pueblo de poder de decisión. Este nuevo modelo requiere voluntad política, tiempo y recursos, es cierto. Pero, al mismo tiempo, revierte en unas mejores políticas públicas, más creativas, más ajustadas a los problemas reales de cada territorio y, sobre todo, más justas.

M. PARÉS, profesor de Geografía de la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del IGOP

Las tres eras de la democracia

Raimundo Viejo Viñas

A raíz de los acontecimientos sucedidos como consecuencia del 15-M, este movimiento está marcando el comienzo de una tercera era de la democracia. Las dos anteriores fueron la de la democracia clásica y la de la democracia liberal que ahora toca a su fin. La primera alcanzó su madurez en Atenas y pervivió en los cantones suizos, burgos medievales y pueblos nómadas. Era una democracia directa y para la que no era preciso estar alfabetizado. El orador, prócer o notable, al modo de Pericles, era la gran figura sobre la que articular el régimen.

Sin embargo, la democracia clásica no era practicable a escala del Estado moderno. Para transitar a la democracia liberal sería precisa una aportación tecnológica: la imprenta. Yes que con el invento de Gutenberg nacería la esfera pública moderna, la posibilidad de organizar relaciones impersonales entre poblaciones distantes y de estructurar la democracia en unas dimensiones hasta entonces inimaginables.

Y aunque la democracia liberal era reducida en participantes (sufragio censitario) y protagonizada por notables (de Jefferson a Robespierre), la propia imprenta facilitaría a los excluidos pasar a integrar el demos de la modernidad: el pueblo.

Gracias a la imprenta, el movimiento obrero, los nacionalismos sin Estado, el feminismo, el movimiento por los derechos civiles y tantos otros, irrumpieron, ampliaron y consolidaron una democracia liberal que hubo de readaptarse a la fuerza y dejar de ser un lujo minoritario. Los partidos fueron las instituciones que articularon las representaciones útiles a la democracia liberal.

Con el 15-M asistimos a un episodio más de una nueva era democrática. Tras décadas de desdemocratización neoliberal (de transferencia de los ámbitos decisionales a la esfera económica privada, de los deliberativos a las televisiones comerciales y de los participativos al juego plebiscitario), la revolución tecnológica de internet está facilitando el paso a la tercera era: la era de la democracia absoluta.

La democracia del futuro que se constituye hoy subsume a los mediadores de antaño (notables o partidos) en el movimiento. Deviene un proceso sin limitación temporal (legislaturas), ni delegaciones sin revocación. Al tiempo que se hace global, arraiga en lo local. Su protagonista ya no es el pueblo, sino una multitud inteligente, conectada y simbiótica, que de la red va a la plaza y de ésta vuelve a la red.

R. VIEJO VIÑAS, profesor de la Universitat Pompeu Fabra e investigador del IGOP

sábado, 2 de julio de 2011

Los valores de los catalanes

À.CASTIÑEIRA, J. M. LOZANO, - profesores Esade-URL  -
LA VANGUARDIA 01/05/2011

Un lema simple - "ley y orden"-en la esfera pública y "vive y deja vivir" en la esfera privada
Hemos publicado el volumen Valors tous en temps durs. La societat catalana a l´Enquesta Europea de Valors 2009,resultado del estudio impulsado por la Fundació Lluís Carulla y la cátedra de Liderazgos de Esade. Esta encuesta se viene realizando en 45 países europeos desde el año 1981 repitiéndose cada década. En Catalunya tenemos los resultados de los años 1990, 2000 y 2009, tiempo suficiente para poder comparar respuestas, detectar cambios y estudiar la evolución de determinadas valoraciones. Estos instrumentos siempre son como un juego de espejos, en los que a veces se confunden diversas miradas, no fáciles de discernir (cómo nos vemos, cómo nos pensamos, cómo somos, cómo creemos que somos…). Pero la perspectiva comparada nos permite detectar tendencias que, sin caer en la tentación de la generalización, nos pueden ayudar a identificar algunos rasgos que nos configuran y pueden enriquecer nuestro debate público.

En primer lugar, se vislumbran tres evoluciones de largo recorrido presentes ya en los estudios anteriores. Hay un acentuado proceso de individualización que muestra un distanciamiento progresivo de las instituciones sociales tradicionales y de los vínculos colectivos. Sigue aumentando la preferencia por la realización personal. Y se da prioridad al bienestar emocional (por encima de la razón)
deslegitimando todo deber moral impuesto externamente por las instituciones.


Podemos destacar nueve rasgos tendenciales.

1. La familia sigue siendo un valor central pero padece profundos cambios: se desinstitucionaliza, pluraliza sus formas, democratiza sus relaciones y sus roles, pierde su carácter indisoluble y debilita sus relaciones de solidaridad intergeneracional. Tenemos una "familia plástica".

2. Hemos internalizado de manera unánime la igualdad de sexos y de roles y la mujer sigue apropiándose terrenos sociales antes negados. Esta igualdad de iure no significa sin embargo todavía una igualdad de facto.

3. Hay una progresiva pérdida de centralidad del valor del trabajo. El trabajo es cada vez menos un valor final y cada vez más un valor instrumental. Aumenta la deslealtad mutua entre empresa y trabajador y se debilitan los valores de pertenencia y compromiso.

4. Emergen dos nuevas centralidades: el ocio y el valor de las relaciones sociales o de amistad.

5. Sigue aumentado la participación asociativa, pero esta es mayoritariamente de signo pasivo (pago de cuotas), clientelar (deportivas, recreativas) o corporativo (profesionales). Desde 1990 crecen los denominados nuevos movimientos sociales (especialmente entre jóvenes) y descienden sindicatos, partidos políticos y organizaciones religiosas. Se produce a marchas forzadas una feminización del fenómeno asociativo.

6. Aumenta el grado de interés por la política y la participación informal de los ciudadanos, pero también es creciente la desafección hacia la clase política y sus instituciones y el alejamiento de las vías formales de participación. Se expresa un profundo sentimiento demócrata pero una gran insatisfacción con el desarrollo de la democracia.

7. Aumenta el sentimiento de pertenencia única o prioritariamente a Catalunya y disminuye el sentimiento de pertenencia a España. Retrocede la opción autonomista y aumenta claramente la opción independentista. Y se expresa una rotunda radicalidad democrática basada en el derecho a decidir de los catalanes.

8. Todos los segmentos sociales opinan que la inmigración comienza a ser excesiva en Catalunya. Es una queja más de tipo socioeconómico (relacionada con la escasez de recursos y la competencia laboral) que de tipo cultural.

9. Se refleja una secularización creciente y un aumento del ateísmo. Y en paralelo emerge una nueva forma de religiosidad desinstitucionalizada.Tenemos creyentes sin iglesia e iglesias sin creyentes.

Recapitulando… para el debate. La apropiación individualista de los diferentes espacios de nuestra vida nos lleva al rechazo de toda estandarización, de todo deber moral externo y a la personalización o adaptación de todo aquello que nos es significativo a nuestras preferencias personales. Llevamos una vida tuneada y tendemos a tunearlo todo: la familia, la religión, el trabajo, el ocio, la política… Contradictorio o no, este bricolaje vital se traduce en un lema simple: "Ley y orden" en la esfera pública y "Vive y deja vivir" en la esfera privada, con derivas hacia la laxitud moral, el presentismo y el hedonismo. En lo colectivo, el elemento que cohesiona nuestras individualidades es la identidad nacional. Combinamos un claro individualismo liberal con un fuerte sentimiento nacional, probablemente porque se sigue considerando que (el reconocimiento de) la dimensión nacional sigue siendo un componente relevante y valioso de nuestra individualidad.

En conclusión, hay tres grupos de valores que mueven y conmueven a los catalanes de hoy. Son tres grupos de valores en tensión que suponen tres retos de futuro. Por un lado, ¿sabremos equilibrar bien la combinación de nuestra autoafirmación individual y colectiva? En segundo lugar, nuestra progresiva desinstitucionalización y el rechazo de toda autoridad externa impuesta nos obligarán a reinventar nuestras pautas de vida cotidiana y nuestro sentido de la autoridad. Y, por último, ¿podremos conciliar los nuevos valores vinculados a la autonomía individual con los viejos valores colectivos de solidaridad, responsabilidad y cohesión social?