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lunes, 14 de marzo de 2011

Eloy Fernández Porta entrevista a Eva Illouz (2010).

Entrevista con Eva Illouz

Texto Eloy Fernández Porta
Illouz 007
Foto: Albert Armengol
Illouz 010
Foto: Albert Armengol
 
“En política el discurso del victimismo puede convertirse en factor de manipulación” 

Profesora en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Eva Illouz (Marruecos, 1961) se ha erigido desde principios de los años noventa en uno de los referentes principales de la sociología contemporánea de las emociones. Su obra, vertida al español en su mayor parte por la editorial Katz, examina los procesos de difusión y generalización de las convenciones sobre la intimidad y la vida privada, y sus vínculos con las dinámicas del mercado. En su libro más influyente, El consumo de la utopía romántica (2009), propone un rico y matizado examen de “la empresa del amor” y sus prácticas distintivas. Más breve pero no menos enjundioso, Intimidades congeladas (2007) contiene una modélica aproximación a los nuevos modos de afectividad creados por Internet. Su texto de más reciente traducción, La salvación del alma moderna, dibuja la historia de una victoria secreta: la del ethos terapéutico, convertido en el criterio universal para elaborar, discutir e interiorizar la experiencia de la sensibilidad.

En su último libro comenta usted que las disciplinas de análisis de la privacidad se han extendido hasta el punto de crear un código compartido, una lingua franca de psicologías y terapias. Sin ese código ya no podríamos comunicar ni compartir las experiencias íntimas. No obstante, uno diría que ese proceso sigue dos velocidades distintas. Por una parte, los ciudadanos de clase media, convenientemente informados de las doctrinas psicológicas, son adiestrados para ser sensibles, susceptibles, hipersusceptibles incluso; en cambio, otros tipos de trabajador, como los deportistas de elite, parecen vivir en un mundo prefreudiano, donde impera la lógica del ganador y el perdedor, sin matices psíquicos.

Entiendo esa idea, pero me parece que el ethos psicoanalítico, en su extensión universal, también ha llegado a esos mundos que, aparentemente, no tienen nada que ver con él. Como el del deporte de alta competición, por ejemplo. Esto ocurre porque la extensión de la razón psicológica, con sus discursos sobre el alma moderna, es un proceso demasiado extenso y envolvente como para que un ámbito social pueda quedar fuera de su área de influencia. Si escuchamos los discursos que dan los entrenadores a sus jugadores, vemos que suelen usar criterios extraídos de esa disciplina. De hecho, la noción misma de entrenar-y-asesorar (coaching) ha sido redefinida a partir de las prácticas de la psicología popular y la autoayuda. Los psicólogos, en efecto, son también entrenadores de la conciencia.

En la misma línea, también concede usted bastante importancia a la noción de “competencia emocional” (CE). A grandes rasgos, ¿cómo define ese concepto, y quién decide si somos competentes o no?

Pues, siendo un poco provocadora, diría que eso lo deciden “los psicólogos y las mujeres” juntos.

¡Es un complot!
Es una simbiosis, una relación necesaria. Supongo que habrá escuchado alguna vez una queja habitual acerca del comportamiento masculino que dice que “los hombres no escuchan…”.

Me suena.
Bien, pues esa es la frase que pone en funcionamiento el proceso terapéutico que, a su vez, es la situación en que se pone de manifiesto la necesidad de la competencia. Tomemos una situación frecuente: una pareja acude al psicólogo, o al consultor, y ella empieza diciendo: “El problema es que él no expresa sus sentimientos”. A continuación el psicólogo le explica al hombre que tiene que aprender a verbalizar sus ideas. De ese modo se accede a un nuevo nivel de comunicación y autoconciencia, basado en el uso competente de ese lenguaje. Así se produce lo que yo denomino estratificación emocional, que diferencia a los que tienen acceso a ese lenguaje de los que no han sido iniciados en él.

Así pues, la noción de CE forma parte del conjunto de los códigos de género trasladados, de las atribuciones tradicionalmente consideradas femeninas que ahora pasan a ser también masculinas.

Pues sí. El nuevo sujeto de la competencia emocional es el hombre de clase trabajadora y de clase media. Quizá sobre todo el de clase media. Este aspecto quizá se entienda mejor si definimos el concepto por vía negativa. De esa manera podemos decir que la incompetencia emocional es la incapacidad para verbalizar las propias emociones, así como la dificultad para empatizar con otras personas, y la ineptitud para resolver conflictos y desacuerdos en el trato intersubjetivo.

Supongo que esa definición genérica se vuelve más controvertida cuando se combina con las exigencias del mercado. Sociólogos como Michel Maffesoli muestran una visión muy optimista de ese nuevo mundo de las emociones: ¡Por fin nos hemos librado del cociente intelectual! ¡Ahora cuenta la capacidad sensitiva! No obstante, la noción de CE es sistemáticamente utilizada en la vida corporativa, y su objetivo no es favorecer la expresión de la subjetividad, sino crear trabajadores más eficientes, modelar la productividad.

Ah, sí, ya lo creo. Uno de los objetos centrales de mi trabajo es explicar cómo el conocimiento psicológico ha colaborado en el desarrollo del capitalismo y su despliegue. Ese es un proceso muy importante  que ha tenido lugar a lo largo de los últimos cincuenta años, y en el que han colaborado los analistas, las empresas, los medios, etc. Y en este sentido la CE es un concepto clave en la medida en que viene a sustituir el énfasis en el cociente intelectual. Es como si de pronto hubiéramos encontrado la manera de rehabilitar el mundo de las emociones, que tradicionalmente había estado en segundo plano, por detrás de la capacidad intelectiva. Pero esta idea, cuando entra en el mundo empresarial, es institucionalizada, y se reformula en términos de beneficio. Forma parte de la búsqueda de mayores ganancias para la compañía. También tiene que ver con el concepto de cooperación en el trabajo. El empleado tiene inteligencia emocional en la medida en que se muestra capaz de colaborar y que sabe hacer que los otros trabajen con él.

Usted relaciona esta idea con otro motivo importante del análisis de la jerarquía emocional: la noción de estructura del sentimiento, introducida por Raymond Williams a mediados de los años cincuenta.
La noción de estructura del sentimiento me parece muy útil, desde luego… No sé en qué parte de mi trabajo está pensando.

Bueno, en particular, en la sección de Intimidades congeladas en la que se habla de las terapias y el capital emocional. 

Ah, sí. La idea de estructura del sentimiento expresa el hecho de que las experiencias privadas se levantan sobre un modelo básico y sistemático. Eso también implica que hay experiencias de carácter social que no se pueden expresar adecuadamente porque tienen un carácter difuso, un carácter que no parece responder a ese orden preestablecido. Un ejemplo muy ilustrativo, y muy actual, es el auge de la cultura del victimismo. Este fenómeno es muy propio de los Estados Unidos, aunque no muy distintivo. Las narraciones de la víctima están cada vez más presentes en el espacio público, porque resultan muy fáciles de articular: todos tenemos alguna pequeña historia de maltrato, sea del tipo que sea. “Cuando era pequeña mis padres me ignoraban, no me hacían caso, me maltrataban incluso… ¡Merezco atención y cuidado por ello!” Esos relatos se levantan sobre una estructura determinada. Por supuesto que en la vida real hay víctimas, pero el discurso del victimismo debe ser usado con mucho cuidado, porque cuando se introduce en la esfera política puede convertirse en un factor de manipulación.

Luego, la experiencia afectiva también puede jerarquizarse o puede
adquirir una forma social objetiva.


Sí. ¿Pero de qué manera?

Por ejemplo, está toda la línea de teoría social que sitúa el sentimiento de compasión en el vértice superior de la pirámide de los sentimientos. La compasión entendida como el sentimiento rey,
el que mejor expresa nuestras cualidades humanas.


Bueno, yo no estoy de acuerdo con eso. ¿En qué autores está pensando?

En general en toda la tradición de culto a los sentimientos morales, desde Adam Smith hasta Martha Nussbaum, que puede ser vista como un intento de secularizar el código emocional cristiano, o de trasladarlo y adaptarlo al mundo capitalista y a la mentalidad de clase media.

Ya, pero aquí hay que decir que la noción de “compasión” ha sido muy contestada, políticamente. En primer lugar, por Hanna Arendt y, en general, por los políticos de izquierdas. La razón principal es que esa noción, como comentaba antes, obliga a los grupos, y a ciertos individuos, a comportarse como víctimas, a formular su experiencia en el lenguaje del maltratado. El sentimiento de piedad introduce una desigualdad en la mirada, una diferencia crucial entre el sujeto observador y el observado. Y también hay que considerar que quien sufre más no es necesariamente quien merece mayor consideración. Supongamos que tienes que escoger entre tres grupos posibles de personas que son susceptibles de ser tratadas de manera piadosa: los inválidos, los pobres y los enfermos de cáncer. ¿A quién ayudarás primero? También ahí se genera una estructura que puede ser políticamente utilizada.

Eso abre el espacio de una política de las emociones: hay sentimientos que se hacen acreedores de atención pública y, por tanto, se convierten en políticamente significativos, mientras que otros quedan desatendidos. Este aspecto se ha destacado bastante desde la teoría de género, y en particular la de Butler, cuando señala que desde un punto de vista político la melancolía no puede formularse como el duelo por un objeto inefable, sino más bien como el duelo por un objeto que no es socialmente reconocido y que, por tanto, no puede ser traducido al lenguaje de la política –como ocurría con los familiares de los primeros muertos por sida. 

Yo también soy muy escéptica respecto de los usos sociales de la compasión. Pero lo soy por razones distintas a las que esgrime la derecha norteamericana. A la gente de derechas no le gusta la piedad porque creen en la meritocracia y en la autoayuda. La suya es una visión individualista del mundo, en la cual la compasión no juega ningún papel. En cambio, a mí no me convence porque aceptar la política de la compasión nos convierte en cómplices de las decisiones públicas que se toman en su nombre.


Verano (julio - septiembre 2010)

Eva Illouz, filósofa; deconstructora de la autoayuda, la psicología y las nuevas religiones

Lluís Amiguet

"Tras forrarse con trampas nos aplican la cultura del esfuerzo"

LA CONTRA LA VANGUARDIA 14/03/2011
Foto: KIM MANRESA
Creo en ser madre

"Los hijos son la única y la última religión universal: se lo damos todo sin esperar nada. Tan sólo nos brindan una vaga promesa de recordarnos tras la muerte. Hoy la paternidad es el más abnegado y generoso de los sacerdocios contemporáneos. Porque la religión ocupa cada vez menos espacio en nuestras vidas, pero nuestras vidas tienen espacios cada vez más religiosos: regale una cena romántica a su pareja y verá cómo las luces, los vestidos y el menú se convierten en símbolos que separan lo cotidiano de lo sagrado y así crean un ritual ¿una misa de pareja? que, como todo rito, renueva un vínculo entre dos: lo fue entre Dios y los creyentes y hoy es entre los dos creyentes en un mismo amor"

Durante siglos, el ideal del hombre culto era el equilibrio.

¿En qué sentido?
Lograr la ausencia de emociones intrusas en la paz del alma. Si las dominabas, alcanzabas la ataraxia.

Y si no, eras un esclavo de tus pasiones.
El cristianismo transforma ese ideal de la paz interior en el de “la paz de Dios”; y las pasiones, en pecados. Y va un punto más allá en cuanto a reprimir el  exo. Ahora ya no se trata de no practicarlo: eso es fácil...

¡Qué me va a contar!
El cristiano debe conseguir no desearlo. Y eso requiere un cambio profundo en su conciencia, que es lo más importante de su vida.

Entonces el dinero era un pecado más.
Hasta el protestantismo, que da una vuelta de tuerca materialista a ese ideal; ya no se trata de dominarse y contemplar a Dios en la pobreza; para ser bueno y feliz debes trabajar duro y ser honesto y así llegarás a rico, que equivale a ser santo. Y, con esa moral victoriana, Inglaterra conquista el mundo.

La cultura del esfuerzo que hoy revive.
Siempre vuelve en las refundaciones del capitalismo como la que ahora vivimos. Esa moral victoriana niega la buena suerte, porque, para un buen hombre, la buena suerte sólo es el fruto del trabajo duro de cada día.

Y habría que tener algún talento...
El talento supone haber tenido la fortuna de nacer con él, y la moral victoriana sólo reconoce lo ganado con esfuerzo y honestidad.

Siempre recompensados... En el cine.
Se trataba de que aceptaras el orden establecido, y, a cambio, te brindaban la ilusión de que había una escalera social para que cualquiera –con o sin talento o apellidos– que sudara lo suficiente llegara a ser rico.

¿Y usted no cree en ese esfuerzo?
Yo creo en la historia, que muestra la cantidad de casualidad y a menudo desvergüenza requeridas para amasar fortunas. Después, el mito lo forjan los ganadores, que suelen preferir que se les admire por sus méritos personales que por su suerte, porque, como ellos, puede tenerla cualquiera.

¿Por qué vuelve esa moral victoriana?
Porque el colapso financiero ha puesto en evidencia que quienes manejan el sistema hacen trampas y aun así al fin acaban ganando. Y eso hace sentirse idiotas a quienes no las hacen y van a trabajar cada día.

También hay quien disfruta su trabajo.
Para controlar y regenerar el sistema deben volver a convencernos de que si trabajamos duro, tendremos recompensa. Por eso ahora resucitan la cultura del esfuerzo para neutralizar la de casino y la del favor político, que acaban de demostrar que sí son efectivas.

¿Y dónde está la felicidad?
En el XIX estaba en la honradez y en la riqueza, hasta que el psicoanálisis y la psiquiatría, que hasta entonces sólo se habían preocupado de los enfermos mentales, crean una categoría genial: los neuróticos. Y en los 70 democratizan la enfermedad mental.

Ya puedes ir al psicólogo sin estar loco.
Neurótico es cualquiera que sufra un conflicto interno. Es una gigantesca operación de marketing sanitario: si te enamoras de una chica, pero no te conviene, tienes un conflicto y tal vez una neurosis; o si te peleas con tu padre o los vecinos o con tu perro..., tienes conflictos y eres un neurótico.

Y tal vez necesites medicación...
Antes que las píldoras, los psicólogos conciben otro provechoso invento: la autorrealización. Ya ni siquiera necesitas un conflicto para ir a terapia. Ahora, basta con que no te "sientas realizado" para cobrarte la visita.

O al menos para venderte su librito.
Cualquiera puede pagarse ese libro que le ayude a realizarse. Y entonces aparece toda una narrativa –en su mayoría, banal– para ayudarte a realizar “todo tu potencial”.

Género en auge.
Si trabajas mucho, eres workahólico y necesitas ayuda, pero si trabajas poco  y no eres ambicioso, también necesitas ayuda, porque te falta autoestima... Debes ir a terapia.

Y se titulan por miles los psicólogos.
Nuestra vida se ve invadida por su palabrería: si te gusta el sexo y lo practicas sin cesar, eres sexoadicta y tienes miedo al compromiso; pero si, en cambio, te enamoras perdidamente de alguien y le eres fiel, eres dependiente e insegura de ti misma.

¡Qué estrés!
El gran cambio respecto a san Agustín o la moral victoriana es que hoy tu objetivo es inalcanzable: está siempre en movimiento.

Y la cartera, tras él...
Te convencen de que debes estar toda tu vida “trabajándote” y para ello  necesitas guías, terapia, libros, consultas, pastillas...

¿Y si vas a tu bola y punto?
Somos humanos y requerimos de marcos de referencia e instituciones, pero,  como están en crisis, sólo nos queda la psicología para buscar algo de coherencia. Así que ellos siguen ganando. Y ahora, con pastillas: se muere un familiar, te las dan para superar el luto; te abandona la pareja, igual. Llorar, que era lo más natural del mundo, hoy es un trauma que debe tratarse a pastillazos.

Se han medicalizado los sentimientos.
Y las carreras. Un profesional ahora debe lograr lo imposible: ser cordial con sus compañeros, pero competitivo; buen jefe, pero también buen amigo; ser simpático, pero no demasiado, porque sería débil... Ni muy enérgico, porque sería autoritario. Por eso también necesita coaching psicológico.

¿Y si te aceptas como desastre?
Siempre habrá gurús dispuestos a ayudarle: esté tranquilo.

martes, 8 de marzo de 2011

Eva Illouz: El consumo de la utopía romántica

Sumergidos en la burbuja capitalista, nada es ajenoa su influencia.
La socióloga de las emociones Eva Illouz ha estudiado la feroz lucha entre el
amor como impulso desinteresado y el amor como valor económico.

Eva Illouz
El consumo de la utopía romántica
Traducción de María Victoria Rodil
KATZ EDITORES 427 PÁGINAS 23 EUROS


FUENTE: Cultura|s La Vanguardia,  Miércoles, 14 octubre 2009

El ángel sugiere refugiarnos en una concepción esencial de los afectos, el diablo sabe de cifras. ¿A cuál de los dos debemos hacer caso?
ELOY FERNÁNDEZ PORTA

En su último ensayo Slavoj Zizek critica la decisión de Bill Gates de donar parte de su fortuna auna ONG porque, a su juicio, con ese acto sólo intenta soslayar que sus actividades “han arruinado las vidas de miles y miles de personas”. Lo mismo podría decirse de Nacho Cano, si bien él pudiera aducir que hay que dar “por cada beso, una bofetada”.

En efecto, el capital puede ser a la vez “sucio dinero”, “máscara de bondad” o “fuente de vida”. Al interpretar cómo y por qué se hahecho un dispendio leemos la novela del capitalismo, rebosante de significados morales y emotivos. En ningún ámbito se hace tan patente este fenómeno como en la socialización del amor, donde el capitalismo puede mostrar su lado más cruel, pero también el menos funcional. ¿Cuánto cuesta encontrar pareja?¿Por qué en una sociedad igualitaria los hombres seguimos invitando más que las mujeres? Tu pareja actual, ¿reafirma tu estatus de clase o lo cuestiona?¿Más que la anterior? Ante estas preguntas nos sentimos como un personaje de dibujos animados que ve revolotear a su alrededor un angelote y un diablillo. A nuestra izquierda, el serafín susurra que esas cosas no hay ni que que pensarlas: el amor debiera ser un impulso libérrimo y desinteresado. A la derecha, el demonio replica que Eros es hijo de Dineros, y que mejor ser pragmático que hacer el panoli. El combate es feroz; alas y tridentes: los dibus también tenemos corazón, y ahora está en juego.

El ángel habla con la voz de la conciencia, que es admonitoria y plural:

el humanismo nos enseña que el trabajo capitalista deshumaniza las relaciones;
el marxismo añade que el sistema de producción reifica la subjetividad;
los críticos del ciberespacio denuncian que internet mediatiza los vínculos.

Ante estas presiones, que amenazan la autenticidad del sentir, es preciso, dice el ángel, refugiarse en una concepción esencial e intimista de los afectos. Pero el diablo sabe de cifras: la economía de la familia demuestra que el matrimo- nio se concibe como un progreso en el escalafón; las estadísticas pruebanque los individuos buscan a su media naranja en su propia casta, con tendencia a la movilidad ascendente. Números cantan: dejémonos de líricas, la pasión está en nóminao se subasta en Sotheby's o en la lonja. La socióloga de las emociones Eva Illouz (Marruecos, 1961) no se propone resolver esta lucha, pero sí la ha estudiado de un modo tan fundamentado y sutil que se ha convertido en una referencia ineludible en su campo. Su premisa la señaló en una reciente conferencia en el CCCB: “Las personas no son yonquis de la cultura”. Ello implica que las teorías generales de la privacidad, ya sean planteadas en términos de control o de autosuficiencia,deben ser revisadas prestando atención a lo que ocurre dentro y fuera de los hábitos adquiridos.

En El consumo de la utopía romántica (subtitulado El amor y las contradicciones culturales del capitalismo), escrito aprincipios de los noventa, Illouz empieza matizando y poniendo en perspectiva los dos discursos mencionados. El ángel, diría la autora, se equivoca porque presupone que hubo alguna vez un Eros “puro y verdadero” y que el sistema de mercado lo corrompió. Y no: eso sólo existió como estilización del sector más ilustrado de la aristocracia y, por ende, como tema artístico. Por su parte, el capitalismo no reprime la subjetividad y no sólo la constriñe, sino que sobre todo la produce. La autoayuda, el consejismo sentimental y el turismo, otras veces denostados de manera frívola e irreflexiva, se revelan en este libro como una enorme y omnipresente industria del afecto por medio de la cual el despliegue del mercado “llevó el sentimiento al corazón mismo de sus transacciones”.

Desde luego, no se sigue de ahí una celebración del centro comercial. Illouz también tiene palabras críticas para el diablillo, al que ella llamaría “el ethos utilitarista”. Siguiendo las tesis de Bourdieu, su análisis de las citas galantes como pràctica cultural señala que la finalidad económica no funciona como clave interna de las relaciones intersubjetivas, y que sólo cobraría sentido al imbricarse con otros muchos criterios no contables. Su descripción de las industrias del afecto revela que, en sus distintas fases, las relaciones están fundadas en “actos de consumo invisibles” que cobran un sentido ritual y no instrumental. En ese marco “el gasto de dinero puede ser una ostentación de estatus, pero también puede interpretarse como un dispendio voluntario y sacrificial”. El utilitarismo, pues, es útil para hacer una descripción escéptica y a posteriori del destino público de una relación, pero pasa por alto que esta no habría podido configurarse a partir de una praxis utilitarista.

Una investigación espléndida. Basada en un extenso dominio de la tratadística especializadayen un uso iluminador de las entrevistas, la topografía de las pasiones que propone Illouz tiene tres efectos principales.

Por una parte, revela cómo se imbrican los modos del querer con el capital cultural, con la influencia de los medios y con la clase, sin olvidar el clasismo.

Por otra, descubre zonas de sombra del mercado donde el dinero circula de una manera bien distinta a como lo hace en la bolsa, creando un saber emocional que cuestiona y reafirma a la vez los viejos valores burgueses. Sobre todo, argumenta cómo el entramado consumista no está regido por el culto al placer sino que tiende a crear sujetos de cabeza fría, cada vez más dotados para el autoanálisis y la gestión de lo privado. El resultado es la piedra miliar de una investigación espléndida,posteriormente prolongada en Intimidades congeladas (Katz Editores,2007), donde extiende sus tesis al mundo digital con un agudo análisis de las páginas de contactos. Por cierto: Illouz se pronuncia Ilú y, ya que estamos, Zizek se dice Chíchec. A ver si tomamos nota, que estas conversaciones modernas se están convirtiendo en un galimatías onomatopéyico que no se pué aguantá.
Ensayo Sumergidos en la burbuja capitalista, nada es ajeno a su influencia. La socióloga de las emociones Eva Illouz ha estudiado la feroz lucha entre el amor como impulso desinteresado y el amor como valor económico Eros y dineros.

Ilouz, E.; La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda


Texto Helena Béjar

La salvación del alma moderna.
Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda
Eva Illouz
Katz Editores
Buenos Aires, Madrid, 2010, 316 páginas


El consumo de la utopía romántica y de Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo, ambos publicados por Katz, aparece un nuevo libro de Eva Illouz, socióloga de origen marroquí y que enseña en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
       El consumo de la utopía romántica fue, a mi juicio, un libro fallido, demasiado académico y de tratamiento poco claro sobre el amor moderno, mientras que Intimidades congeladas era un avance prometedor de la obra últimamente editada.
       La salvación del alma moderna es aparentemente un estudio basado en fuentes eclécticas, según la propia autora (películas, libros de autoayuda, entrevistas a gente que ha hecho y que no ha hecho psicoterapia), que descuida a mi juicio el análisis sistemático de este material (resaltado en Intimidades congeladas en el análisis que hacía de los sitios de encuentro de Internet) y se centra en el estudio teórico de la llamada cultura psicoterapéutica.
       Illouz va más allá de la perspectiva foucaultiana (desarrollada fundamentalmente por Nikolas Rose) que ve en la psicoterapia una nueva “tecnología del yo” que desarrolla la vigilancia y la represión institucional.

Desde su óptica, la psicoterapia es simultáneamente un cuerpo de conocimiento científico (la psicología) y un lenguaje del yo, de la emoción y de la identidad. Es este lenguaje el que analiza desde una perspectiva “pragmatista”: la psicoterapia se ha transformado en un recurso cultural, tanto en su versión profesional como en –la que más le interesa– la popular. Sería un “recurso” o una “forma” cultural que conforma, organiza las experiencias y crea un “estilo emocional” común.:
Este estilo supone una nueva sociabilidad (¿en relación a cuál otra?, se pregunta el lector) en donde se dibujan varios valores.
1.      Así, la comunicación, como parte intrínseca tanto de las relaciones íntimas como laborales,
2.      y derivadas de ellas la reflexividad
3.      y el autodistanciamiento;
4.      también, la confianza en sí mismo (que, según Illouz, es –en una muy aventurada hipótesis– en la sociedad psicoterapéutica lo que el despliegue de la hostilidad era en la sociedad premoderna, esto es, la manifestación del poder personal)
5.      y su valor espejo, el reconocimiento del otro.
6.      El paso del homo economicus al homo communicans (que la autora no desarrolla) construye una nueva noción de autocontrol leído ahora psicoterapéuticamente: el control emocional crea las condiciones para el desarrollo de las relaciones procedimentales y potencialmente utilitarias más que en el contenido de la interacción.
a.       Lo que se exige al sujeto contemporáneo es dominar las reglas de la comunicación
b.      y ocultar su emocionalidad, que sería un obstáculo
c.       para el disengaged self (autodistanciamiento) y el yo sociable que predica el ethos psicoterapéutico. Un paso más en el proceso de civilización que Norbert Elias analizara.
       El libro adolece de los mismos defectos que Intimidades congeladas, en esencia, tratar demasiados temas (la sociología del trabajo, la contribución del feminismo al pensamiento psicoterapéutico, la recepción de Freud en Estados Unidos, etc.) y coge vuelo en el capítulo sobre “Las tiranías de la intimidad”, cuyo título homenajea a Sennett y su clásica crítica sobre el hombre psicológico.
***La cultura psicoterapéutica y el autoescrutinio al que se someten los individuos problematiza la vida cotidiana y hace que las relaciones –del matrimonio, por ejemplo– se desmoralicen, esto es, no se basen tanto en compartir normas o proyectos como en ser capaces de manejar las técnicas que rijan los conflictos.
Con ello, la intimidad deja de ser el ámbito de la autenticidad y la emoción para pasar a ser objeto de la racionalidad y la “negociación”, en una metáfora constructivista del gusto del discurso sesentayochista.
       A pesar del enfoque pragmatista de Illouz, las conclusiones del libro son críticas. El relato psicoterapéutico es radicalmente tautológico porque cuando un estado emocional se define como saludable y deseable, toda conducta que no siga esa dirección se entiende como problemática.
En este sentido, estaríamos asistiendo a una nueva forma de conformidad social. El yo es a la vez “víctima” de las circunstancias y autor de su vida.
Lo primero le desresponsabiliza de sus acciones, lo cual debilita su sentido moral;
lo segundo le impulsa a creer en la autotransformación, clave de toda empresa psicoterapéutica.
Se inaugura por tanto un nuevo modelo de identidad y responsabilidad, que hace al individuo responsable de su cambio interno (con la fuerza de voluntad como eje de su mudanza moral) pero no de sus deficiencias.
La psicología como marco de la buena vida reemplaza a la ética.
       Illouz es ambivalente en relación a la cultura psicoterapéutica. Su enfoque pragmatista y hermenéutico le lleva a analizar para qué sirve a los individuos modernos.
Así, la llamada competencia emocional (la capacidad de mezclar la escucha con la asertividad, la sinceridad con la actitud no acusadora, la flexibilidad con la firmeza) es un nuevo tipo de capital social, una capacidad para “surfear” –si usamos una expresión de Bauman– en las procelosas aguas emocionales de la modernidad.
Ello por una parte. Pero por otra acaba reificando la personalidad y olvidando la comprensión social de la realidad. Lejos de ayudar a la identidad moderna a saber manejarse con sus contradicciones, el discurso psicológico en realidad las profundiza, concluye Illouz.
En la cultura psicoterapéutica no hay lugar para el caos y el sufrimiento sin sentido, que es lo que la teodicea moderna había siempre defendido.
El malestar siempre puede ser remediado si aprendemos las técnicas psicológicas y las habilidades sociales necesarias. Si no prosperamos en una sociabilidad que se asenta en una lógica psicoterapéutica que hace descansar sobre el sujeto su devenir emocional y psíquico, olvidando la realidad social, es falta nuestra. Y mejor que abracemos la psicoterapia.



Verano (julio - septiembre 2010)

Illouz, E.; Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Katz, 2007



Dictado en las Conferencias Adorno a petición de Axel Honnet Intimidades congeladas es un libro que intenta explorar la relación entre capitalismo y emocionalidad a partir del análisis de los más influyentes psicólogos, sociólogos y filósofos del siglo XIX y XX. Por sus líneas se pasean desde Freud, hasta Habermas, pasando por Bourdieu, Foucault, Zizek , Mayo o Weber. Sin embargo, el conjunto no es una simple recolecta de citas buen fundamentadas, sino que pretende ir algo más allá. La intención de Illouz en este libro es demostrar que la cultura capitalista tal y como la conocemos ha legado a una nueva etapa, una etapa producida por el movimiento de exteriorización de aquello que antes era íntimo y personal a partir de una hiperracionalización de las emociones.
El nuevo capitalismo presupone la capacidad de sus actores de manejar las relaciones íntimas como antes se exigía el dominio de una técnica determinada. El capitalismo requiere la salud emocional de las personas a las que poco a poco presiona para ir adquiriendo determinados hábitos personales que antes no salían de la esfera privada. Illouz explora el modo a partir del cual el discurso terapéutico ha ido introduciéndose en el lenguaje capitalista, sobre todo a partir de los tests de personalidad, cuya consecuencia no es otra que un nuevo modo de clasificación, numeración, definición de las capacidades y hábitos personales como elementos de análisis instrumental.
Según la autora, este maquiavélico proceso parte de la reivindicación en el ámbito laboral de las competencias estrictamente femeninas. A partir de los años sesenta muchas empresas se dieron cuenta de que la mayoría de sus trabajadores eran del género femenino con lo que empezaron a idear estrategias que tuvieran en cuenta sus capacidades específicas. Una vez consolidada esta intuición un segundo gran momento de la expansión vino a partir del nacimiento de pocket book, un libro manejable y barato que extendió por todo el planeta algunas de las tesis de los psicólogos corporativos del momento, como por ejemplo la idea de inteligencia emocional de Goleman. De la noche a la mañana la cultura capitalista americana pudo leer y distribuir entre sus trabajadores un nuevo modo de hacer las cosas.
Illouz observa que a partir de aquel momento las librerías dedicadas al managment empresarial se inundaron de referencias de autoayuda y de narrativa terapéutica que poco a poco han ido influyendo en la cultura corporativa mundial, yendo en un segundo momento más allá de ellas. Prueba de ello es el tema de la tercera conferencia. 
Bajo el título Redes románticas se nos brinda un riguroso análisis acerca de las exigencias de autoevaluación psicológica que suponen los “perfiles” de aquellas páginas que se dedican a conectar personas con intenciones de encontrar pareja, como es por ejemplo match.com. Es aquí donde el libro empieza una verdadera reelaboración de concepto de control emocional. 
Si antes el proceso de enamoramiento tenia un factor impredecible y azaroso, basado en el contacto real entre personas y en el desconocimiento casi total del otro, lo que Intimidades congeladas nos llega a expresar es que “Internet no hace ver todo el mercado de posibles opciones disponibles” permitiéndonos compara personas como si fueran “precios”. Es uno mismo el que se pone a sí en la red gracias a la utilización de técnicas, el uso de las cuales nos ayudará sin duda a obtener o no la pareja que estamos buscando. Esta conciencia instrumental de nosotros mismos viene generada según Illouz a causa del proceso de absorción de las emociones por parte del capitalismo. Y nosotros nos preguntamos, si el capitalismo lo ha inundado todo, ¿porque no lo debería haber hecho con las emociones?
El libro de Illouz, escrito de forma ligera pero profunda, representa un primer paso en la elaboración de teorías que desenmascaren la verdadera cara del nuevo capitalismo, no tanto para negarlo o criticarlo gratuitamente, sino para conocer con que género de pensamiento lidiamos cada día, en cada uno de nuestros trabajos, en todos los países del mundo. Puede que emoción y capitalismo anden de la mano a inicios del siglo XXI, pero si esto es así, la única solución que tenemos es saber discernir entre el poder y el placer. Y este libro es una buena guía para ello.