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miércoles, 16 de marzo de 2011

Extimidad


Extimidad es el neologismo que define nuestra intimidad pública

LA VANGUARDIA Artículos | 31/12/2010 - 00:50h

Para intentar comprender las transformaciones tecnológicas que estamos viviendo, es bueno recurrir a los especialistas. El socioantropólogo Antonio A. Casilli, especialista en nuevos territorios digitales, acaba de publicar el libro 'Les liaisons numeriques' (Las relaciones digitales). Se trata de un ensayo divulgativo sobre una materia en constante mutación y que permite acceder a reflexiones y argumentos más solventes que las primeras (e intuitivas) impresiones de usuario. Casilli cuenta en qué medida las redes sociales y el uso ubicuo de la red está modificando la construcción de la identidad y cómo se establecen nuevos códigos de hospitalidad. Este cambio produce nuevas paradojas, como que seamos más hospitalarios en nuestros usos internáuticos que en la realidad llamémosle presencial, y menos reservados a través del teclado que cuando hablamos de viva voz.

La transformación, estructurada sobre distintos ejes que impiden una estabilidad digerible, también afecta a dos conceptos claves: la intimidad y la privacidad. Citando al psicoanalista Serge Tisseron, el autor utiliza un neologismo contrapuesto al concepto de intimidad: la extimidad. Escribe Casilli: "La instantaneidad, el aquí y ahora de los intercambios sin intermediación, que antes se reservaban al círculo familiar, es ahora una característica de las colectividades en línea. Y la exposición pública, con la circunspección y el carácter oficial que conllevan, también gobierna nuestras conductas más íntimas en la red".

Esta extimidad no es inocente. Conlleva nuevos riesgos y modifica jerarquías de valores que pueden trasladarse a la política (con una fácil expansión de opciones extraordinariamente radicales que no tendrían ninguna posibilidad fuera de la red, lo que se ha dado en llamar "el contagio del odio"), a la propiedad (con la instauración de una especie de comunismo libertario basado, presuntamente, en compartir lo que se tiene dinamitando infinidad de derechos e inercias industriales con la coartada del trueque digital), a la sexualidad (posibilidad de multiplicar, más allá de la convencionalidad, nuevas formas de participación, activa o pasiva).

Lo espectacular de la reflexión de Casilli es que, además de compilar un repertorio verosímil de transformaciones (sin caer ni en el alarmismo apocalíptico ni en el elogio baboso), crea una percepción global e interrelacionada del fenómeno. Que un progreso tecnológico modifique tantas actitudes y consiga influir en usos y costumbres individuales y colectivos de buena parte del planeta (creando nuevas discriminaciones y abismos, esta vez tecnológicos) crea un vértigo que, supongo, forma parte de este espectáculo. Lo más tranquilizador es que para comunicar todas estas constelaciones de datos y argumentos, Casilli ha utilizado un formato tan tecnológicamente obsoleto como el libro, el mismo que llevan años dando por muerto.

Nuevas magnitudes del ego

Ponga un ego en su vida, sí, pero que sea fetén, con garantía y sentido moral, inoxidable y creativo 

LA VANGUARDIA 13/03/2011 

El problema no es que las grandes personalidades tengan un megaego; el problema es que los tipos mediocres exhiban descaradamente un ego sin proporción. Esos egos inmensos sostienen las grandes arquitecturas de la vanidad y la ambición sin mesura, como el cable de acero dio seguridad a los ascensores y permitió construir rascacielos. Hay también egos en miniatura, coriáceos, con las estrías enrevesadas de una nuez y la potencia venenosa del cianuro. También hay política y politiquería, literatura y subliteratura, trascendencia y bajeza. A cada uno su ego, por supuesto, y su sentido del ridículo.

¿Tienen esos egos sin límites de hoy su parangón en los egos de la Grecia de Pericles o de Prusia en su esplendor? Los egos, seguramente, son los mismos, pero nuevos factores amplifican y desmesuran sus opciones hasta los excesos del impudor. Actualmente, casi todo aparece en pantalla, desorbitado por tanta proyección y ramificado en Facebook para que el ego tenga un público cautivo. Cierto que en otros tiempos tenía peso aquel “niño, eso no se hace”. Claro que no parece que sirviera de mucho con Mussolini. De todos modos, en el decálogo no escrito de la clase media se ejercían suficientes restricciones para un cierto disimulo del ego.

Lo mismo ocurría con el deporte. De reyerta de rufianes a tortazos, acabó teniendo un reglamento de juego limpio. Había una lección de estoicismo en el saber ganar y en el saber perder, un sistema de autocontrol. Formaba el carácter al sojuzgar los instintos. Hoy es todo lo contrario. El delantero marca un gol y se arrodilla en el centro del campo mientras medio estadio le aclama como a un semidiós con primas domiciliadas en las islas Caimán. Ya sea un jugador con mucho o poco ego, la escena magnifica lo que ha sido un logro de la autodisciplina y el buen juego. En la pista de tenis nadie chistaba al árbitro. Ese era el Bonaparte de la escuela de artillería. La política y el espectáculo coinciden hoy en la exposición de los mayores egos. Hay que remontarse a la leyenda de Calígula para reconocer a alguien como Lady Gaga. Indiscutiblemente, hemos retrocedido: hace años, lo que se comentaba era el ego ilimitado de Von Karajan. Ahí teníamos al Napoleón emperador.

Para un ego expansivo todo sirve, especialmente la televisión y el poder, aunque lo que los psicólogos llaman el nivel de ego se sirve de todo pretexto, desde la barra de bar a las proezas del buenismo o las concentraciones nazis de Nuremberg. Son egos inmensos que viajan en buques contenedor y necesitan grúas especiales para desplazarse a tierra firme y dedicarse a las altas finanzas o a la industria porno. Añadamos que el narcisismo y la desfiguración moral de la autonomía radical del individuo nos desvinculan, porque justifican algo así como la fuerza bruta del ego, la realpolitik del superego. Al desplazarse en jet privado, el gran ego elude las normas que imperan para los sujetos con un ego hecho a la medida del hombre. Ya conocemos las estelas destructivas de algunos superhombres que quisieron moldear el siglo XX. Pero también han existido egos monstruosos dedicados al altruismo y la filantropía.

Ahora que incluso los analistas políticos hablan de neurociencia, la localización del ego es ardua. La terapia no fija con exactitud las fronteras entre un ego sano y un ego insano. Para hacer algo grande, hay que creer mucho en lo que se hace, pero no al precio de creerse todopoderosos. Y, al revés, también hay egos inflados de falsa modestia. Las dimensiones del ego dependen de cómo nos vemos, de la importancia que nos damos y de la superioridad que nos atribuimos. Luego uno lo pule con elegancia o lo deja suelto, en plan basto. Hay que poner corbata al ego, recortarle las uñas, domesticarlo en nombre del trato que merecen los demás. Un ego eficaz no tiene por qué ser descaradamente agresivo.

Autosuficiente y dotado de omnipotencia, el ego de gran magnitud se cree dotado y legitimado para manipular sistemáticamente a los demás. Quizás haya ensanchado aún más el perímetro de los egos desmedidos el que sea tan manifiesta la ausencia de la figura del padre. También la abolición del sentido común. Por supuesto, la dislocación de aquella sabiduría tradicional que aconsejaba castigarse la vanidad con el orgullo. Caído Sigmund Freud de los altares, el ego ya no es lo que era. No se le busca en la psicología de las profundidades sino en el repliegue de algún circuito neuronal. Alguna ubicación se ha detectado –según informa www.sciencedaily.com– en la subregión del lóbulo frontal donde se procesan destacadas funciones cognitivas.

Por cada ego de peso correspondiente a una personalidad significativa, miles de egos desatados han sido atribuidos indebidamente a mentalidades mediocres. Es un mal de nuestro tiempo. Achica las opciones y por eso, en lugar de sentirnos entre el poder y la gloria, nos demoramos en la duda entre el café-café o el descafeinado con leche desnatada. Inmadurez, egolatría. La otra cara de la moneda sería el ego racionalizado frente al ego particularista. Ponga un ego en su vida, sí, pero que sea fetén, con garantía y sentido moral, inoxidable y creativo.