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lunes, 14 de marzo de 2011

Eva Illouz, filósofa; deconstructora de la autoayuda, la psicología y las nuevas religiones

Lluís Amiguet

"Tras forrarse con trampas nos aplican la cultura del esfuerzo"

LA CONTRA LA VANGUARDIA 14/03/2011
Foto: KIM MANRESA
Creo en ser madre

"Los hijos son la única y la última religión universal: se lo damos todo sin esperar nada. Tan sólo nos brindan una vaga promesa de recordarnos tras la muerte. Hoy la paternidad es el más abnegado y generoso de los sacerdocios contemporáneos. Porque la religión ocupa cada vez menos espacio en nuestras vidas, pero nuestras vidas tienen espacios cada vez más religiosos: regale una cena romántica a su pareja y verá cómo las luces, los vestidos y el menú se convierten en símbolos que separan lo cotidiano de lo sagrado y así crean un ritual ¿una misa de pareja? que, como todo rito, renueva un vínculo entre dos: lo fue entre Dios y los creyentes y hoy es entre los dos creyentes en un mismo amor"

Durante siglos, el ideal del hombre culto era el equilibrio.

¿En qué sentido?
Lograr la ausencia de emociones intrusas en la paz del alma. Si las dominabas, alcanzabas la ataraxia.

Y si no, eras un esclavo de tus pasiones.
El cristianismo transforma ese ideal de la paz interior en el de “la paz de Dios”; y las pasiones, en pecados. Y va un punto más allá en cuanto a reprimir el  exo. Ahora ya no se trata de no practicarlo: eso es fácil...

¡Qué me va a contar!
El cristiano debe conseguir no desearlo. Y eso requiere un cambio profundo en su conciencia, que es lo más importante de su vida.

Entonces el dinero era un pecado más.
Hasta el protestantismo, que da una vuelta de tuerca materialista a ese ideal; ya no se trata de dominarse y contemplar a Dios en la pobreza; para ser bueno y feliz debes trabajar duro y ser honesto y así llegarás a rico, que equivale a ser santo. Y, con esa moral victoriana, Inglaterra conquista el mundo.

La cultura del esfuerzo que hoy revive.
Siempre vuelve en las refundaciones del capitalismo como la que ahora vivimos. Esa moral victoriana niega la buena suerte, porque, para un buen hombre, la buena suerte sólo es el fruto del trabajo duro de cada día.

Y habría que tener algún talento...
El talento supone haber tenido la fortuna de nacer con él, y la moral victoriana sólo reconoce lo ganado con esfuerzo y honestidad.

Siempre recompensados... En el cine.
Se trataba de que aceptaras el orden establecido, y, a cambio, te brindaban la ilusión de que había una escalera social para que cualquiera –con o sin talento o apellidos– que sudara lo suficiente llegara a ser rico.

¿Y usted no cree en ese esfuerzo?
Yo creo en la historia, que muestra la cantidad de casualidad y a menudo desvergüenza requeridas para amasar fortunas. Después, el mito lo forjan los ganadores, que suelen preferir que se les admire por sus méritos personales que por su suerte, porque, como ellos, puede tenerla cualquiera.

¿Por qué vuelve esa moral victoriana?
Porque el colapso financiero ha puesto en evidencia que quienes manejan el sistema hacen trampas y aun así al fin acaban ganando. Y eso hace sentirse idiotas a quienes no las hacen y van a trabajar cada día.

También hay quien disfruta su trabajo.
Para controlar y regenerar el sistema deben volver a convencernos de que si trabajamos duro, tendremos recompensa. Por eso ahora resucitan la cultura del esfuerzo para neutralizar la de casino y la del favor político, que acaban de demostrar que sí son efectivas.

¿Y dónde está la felicidad?
En el XIX estaba en la honradez y en la riqueza, hasta que el psicoanálisis y la psiquiatría, que hasta entonces sólo se habían preocupado de los enfermos mentales, crean una categoría genial: los neuróticos. Y en los 70 democratizan la enfermedad mental.

Ya puedes ir al psicólogo sin estar loco.
Neurótico es cualquiera que sufra un conflicto interno. Es una gigantesca operación de marketing sanitario: si te enamoras de una chica, pero no te conviene, tienes un conflicto y tal vez una neurosis; o si te peleas con tu padre o los vecinos o con tu perro..., tienes conflictos y eres un neurótico.

Y tal vez necesites medicación...
Antes que las píldoras, los psicólogos conciben otro provechoso invento: la autorrealización. Ya ni siquiera necesitas un conflicto para ir a terapia. Ahora, basta con que no te "sientas realizado" para cobrarte la visita.

O al menos para venderte su librito.
Cualquiera puede pagarse ese libro que le ayude a realizarse. Y entonces aparece toda una narrativa –en su mayoría, banal– para ayudarte a realizar “todo tu potencial”.

Género en auge.
Si trabajas mucho, eres workahólico y necesitas ayuda, pero si trabajas poco  y no eres ambicioso, también necesitas ayuda, porque te falta autoestima... Debes ir a terapia.

Y se titulan por miles los psicólogos.
Nuestra vida se ve invadida por su palabrería: si te gusta el sexo y lo practicas sin cesar, eres sexoadicta y tienes miedo al compromiso; pero si, en cambio, te enamoras perdidamente de alguien y le eres fiel, eres dependiente e insegura de ti misma.

¡Qué estrés!
El gran cambio respecto a san Agustín o la moral victoriana es que hoy tu objetivo es inalcanzable: está siempre en movimiento.

Y la cartera, tras él...
Te convencen de que debes estar toda tu vida “trabajándote” y para ello  necesitas guías, terapia, libros, consultas, pastillas...

¿Y si vas a tu bola y punto?
Somos humanos y requerimos de marcos de referencia e instituciones, pero,  como están en crisis, sólo nos queda la psicología para buscar algo de coherencia. Así que ellos siguen ganando. Y ahora, con pastillas: se muere un familiar, te las dan para superar el luto; te abandona la pareja, igual. Llorar, que era lo más natural del mundo, hoy es un trauma que debe tratarse a pastillazos.

Se han medicalizado los sentimientos.
Y las carreras. Un profesional ahora debe lograr lo imposible: ser cordial con sus compañeros, pero competitivo; buen jefe, pero también buen amigo; ser simpático, pero no demasiado, porque sería débil... Ni muy enérgico, porque sería autoritario. Por eso también necesita coaching psicológico.

¿Y si te aceptas como desastre?
Siempre habrá gurús dispuestos a ayudarle: esté tranquilo.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Hochschild, A.R.: Sociología de la vida cotidiana (2009); Bauman-Z.: Ética postmoderna o La sociedad individualizada

Sociología de la vida cotidiana - Helena Béjar

Fuente: http://salonkritik.net/08-09/2009/07/sociologia_de_la_vida_cotidian.php

Originalmente en ABC.abcd

He aquí el primer libro traducido al español de la profesora de Berkeley, California, Arlie Russell Hochschild. Bienvenido este texto de esta destacada autora de The managed heart. (Commercialization of human feeling) (1983), y de otras importantes obras sobre sociología de las emociones. El que ahora se reseña es un largo conjunto de artículos, algunos de los cuales son muy antiguos, y que repiten las tesis de The managed heart, que analizaba cómo el capitalismo tardío construye oficios que obligan a mostrar sentimientos y con ello convierten la amabilidad en simpatía estandarizada y forzada. Las azafatas y las empleadas de supermercado eran los objetos de investigación preferidos.

En La mercantilización de la vida íntima se analiza cómo el «cuidado» (con especial atención al de los ancianos en el seno de la familia) es un trabajo, una labor, diría Hannah Arendt, que el capitalismo tardío desprecia (son las amas de casa y las inmigrantes, protagonistas del «drenaje del cuidado» de sus familias a los extraños), a la vez que crece su necesidad en un mundo de familias que tienden a reducir su tamaño y a convertirse en núcleos individualizados dedicados al trabajo. El propio término de «cuidado» se asocia a lo femenino, a lo privado, a una emocionalidad vacía por identificarse con lo sentimental.

Cuatro perspectivas

La autora estudia cuatro perspectivas al respecto.

La primera, la «solución tradicional», anida en la familia y la madre que se ocupa de los dependientes.

La segunda, la «postmoderna», en la cual los dos cónyuges trabajan y se produce un déficit de cuidado (sobre los abuelos, pero también sobre los niños). Se construye, así, el «anciano independiente», que es expulsado enseguida del hospital y al que se obliga a un «estoicismo postmoderno», tan cruel como progresivamente abrazado. El mensaje es que la necesidad física de cuidado se transforma en una cuestión psicológica. La cuestión es, se pregunta críticamente la autora, si podemos manejar nuestra necesidad de cuidado -físico y emocional- para ajustarnos a las actuales normas minimalistas del mismo.

La tercera solución es la «moderna-fría», en la cual las instituciones se ocupan en parte del ciudado. Es el caso de los Estados Unidos.

Y la última y cuarta, la «moderna-cálida», propia de los países nórdicos, en la que la responsabilidad estatal se acompaña de un cuidado familiar igualitario entre hombres y mujeres. Frente a los casos segundo y tercero, el cuidado se concibe como un trabajo moral y socialmente importante.

Otra cuestión de gran interés en este libro necesario, aunque desigual, es el análisis que Hochschild hace de la literatura de autoayuda (mucho antes que Illouz, por ejemplo) que refleja el «enfriamiento cultural en su enfoque de la vida íntima»: reafirma un ideal de igualdad entre los géneros para socavar los lazos emocionalmente ricos. El feminismo habría abierto la puerta a la mercantilización de la vida íntima. El amor se ha convertido en un arduo trabajo que gira alrededor del yo. La literatura de autoayuda expresa un paradigma afectivo donde priman la desconfianza y la precaución: un yo sin necesidades se relaciona con un tú sin precariedades. Como «intermediarios culturales» (Bourdieu), dichos manuales configuran activamente una cultura donde el mercado ha colonizado la vida íntima.

Responsibilidad ante el otro

Y así llegamos al último libro del ya tan prolífico Bauman. Aquí se reencuentran los temas de sus mejores obras como Ética postmoderna o La sociedad individualizada. El hombre contemporáneo es un ser al que la cultura individualizada insta a tener una identidad. Ello no es, como se le hace creer, una elección sino un «destino», tanto más pesado cuanto menos puede escapar del «juego individualizador», que le obliga a ser autosuficiente, a «surfear» sobre las olas de la incertidumbre institucionalizada, a hacer de la necesidad virtud. La vida no es una obra de arte como entendieron los clásicos sino una sucesión de «vueltas y revueltas» compuestas por episodios aislados desprovistos de continuidad. Malos tiempos para reclamar, como hace el autor, que el hombre es un ser intrínsecamente dependiente de los demás -su criticado Durkheim así lo teorizó- y por ende vulnerable. Malos tiempos para la responsabilidad ante el otro cuando ni las instituciones ni el prójimo se quieren hacer cargo de sus deberes. Libro en la línea de la sociología moral que Bauman teoriza. Texto sombrío y que no aporta gran cosa de nuevo a la obra del sociólogo polaco.

martes, 8 de marzo de 2011

Illouz, E.; Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Katz, 2007



Dictado en las Conferencias Adorno a petición de Axel Honnet Intimidades congeladas es un libro que intenta explorar la relación entre capitalismo y emocionalidad a partir del análisis de los más influyentes psicólogos, sociólogos y filósofos del siglo XIX y XX. Por sus líneas se pasean desde Freud, hasta Habermas, pasando por Bourdieu, Foucault, Zizek , Mayo o Weber. Sin embargo, el conjunto no es una simple recolecta de citas buen fundamentadas, sino que pretende ir algo más allá. La intención de Illouz en este libro es demostrar que la cultura capitalista tal y como la conocemos ha legado a una nueva etapa, una etapa producida por el movimiento de exteriorización de aquello que antes era íntimo y personal a partir de una hiperracionalización de las emociones.
El nuevo capitalismo presupone la capacidad de sus actores de manejar las relaciones íntimas como antes se exigía el dominio de una técnica determinada. El capitalismo requiere la salud emocional de las personas a las que poco a poco presiona para ir adquiriendo determinados hábitos personales que antes no salían de la esfera privada. Illouz explora el modo a partir del cual el discurso terapéutico ha ido introduciéndose en el lenguaje capitalista, sobre todo a partir de los tests de personalidad, cuya consecuencia no es otra que un nuevo modo de clasificación, numeración, definición de las capacidades y hábitos personales como elementos de análisis instrumental.
Según la autora, este maquiavélico proceso parte de la reivindicación en el ámbito laboral de las competencias estrictamente femeninas. A partir de los años sesenta muchas empresas se dieron cuenta de que la mayoría de sus trabajadores eran del género femenino con lo que empezaron a idear estrategias que tuvieran en cuenta sus capacidades específicas. Una vez consolidada esta intuición un segundo gran momento de la expansión vino a partir del nacimiento de pocket book, un libro manejable y barato que extendió por todo el planeta algunas de las tesis de los psicólogos corporativos del momento, como por ejemplo la idea de inteligencia emocional de Goleman. De la noche a la mañana la cultura capitalista americana pudo leer y distribuir entre sus trabajadores un nuevo modo de hacer las cosas.
Illouz observa que a partir de aquel momento las librerías dedicadas al managment empresarial se inundaron de referencias de autoayuda y de narrativa terapéutica que poco a poco han ido influyendo en la cultura corporativa mundial, yendo en un segundo momento más allá de ellas. Prueba de ello es el tema de la tercera conferencia. 
Bajo el título Redes románticas se nos brinda un riguroso análisis acerca de las exigencias de autoevaluación psicológica que suponen los “perfiles” de aquellas páginas que se dedican a conectar personas con intenciones de encontrar pareja, como es por ejemplo match.com. Es aquí donde el libro empieza una verdadera reelaboración de concepto de control emocional. 
Si antes el proceso de enamoramiento tenia un factor impredecible y azaroso, basado en el contacto real entre personas y en el desconocimiento casi total del otro, lo que Intimidades congeladas nos llega a expresar es que “Internet no hace ver todo el mercado de posibles opciones disponibles” permitiéndonos compara personas como si fueran “precios”. Es uno mismo el que se pone a sí en la red gracias a la utilización de técnicas, el uso de las cuales nos ayudará sin duda a obtener o no la pareja que estamos buscando. Esta conciencia instrumental de nosotros mismos viene generada según Illouz a causa del proceso de absorción de las emociones por parte del capitalismo. Y nosotros nos preguntamos, si el capitalismo lo ha inundado todo, ¿porque no lo debería haber hecho con las emociones?
El libro de Illouz, escrito de forma ligera pero profunda, representa un primer paso en la elaboración de teorías que desenmascaren la verdadera cara del nuevo capitalismo, no tanto para negarlo o criticarlo gratuitamente, sino para conocer con que género de pensamiento lidiamos cada día, en cada uno de nuestros trabajos, en todos los países del mundo. Puede que emoción y capitalismo anden de la mano a inicios del siglo XXI, pero si esto es así, la única solución que tenemos es saber discernir entre el poder y el placer. Y este libro es una buena guía para ello.