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miércoles, 11 de enero de 2012

¿Saldremos de todo esto en 2012?


EL MUNDO 11/01/2012


FELIPE FERNÁNDEZ-ARMESTO

El autor considera frustrante que el pasado año acabara sin respuesta para ninguno de los grandes desafíos globales

Critica a la actual clase política tanto de EEUU como de Europa, tachándola de incapaz para afrontar la crisis
UNO DE LOS estereotipos que tenemos los europeos de nuestros amigos estadounidenses es que carecen de un sentido irónico de humor. Ahora sé que es verdad. «En 2011 -dije hace unos días en CNN.com- no sucedió nada». A continuación me llegaron un montón de correos electrónicos de protesta, argumentando que, por ejemplo, en Dakota del Norte habían experimentado fenómenos meteorológicos extremos, que los Packers de Green Bay habían ganado la Copa de fútbol americano, que algunos -aunque dolorosamente pocos- de los desempleados de Scranton (Pennsylvania) habían encontrado trabajo, y que en Tuscaloosa (Alabama), Fulano de Tal se había enamorado.

Por supuesto, sucedieron muchas cosas a lo largo de 2011, algunas de las cuales fueron dignas de ser destacadas en los medios de comunicación, y quizá incluso alguna -ya veremos- en libros de Historia que quedan por escribirse, tales como los alzamientos antigubernamentales en varios países árabes, la crisis del euro, el comienzo de la retirada estadounidense en Irak, la dimisión de Berlusconi, el triunfo del Partido Popular en España, y las muertes de Václav Havel, Osama bin Laden, Gadafi y Kim Jong-il. En el caso de los movimientos indignados de protesta en varios rincones de Occidente, tales como la ocupación de Wall Street, el movimiento del 15-M en España o las manifestaciones contra la política de austeridad en Grecia, es posible que estemos ante acontecimientos capaces de lograr cierta resonancia y de tener consecuencias para el futuro.

Pero insisto en que el año pasado llamó la atención más por lo que no sucedió que por lo que sí llegó a pasar. No se respondió debidamente a la crisis del euro, sino que se ha dejado que se agrave sin intentar ninguna estrategia radical para evitarlo. No se hizo nada para mejorar el medioambiente mundial, sino que la Cumbre de Durban terminó aplazando las decisiones que todo el mundo sabe que son urgentes. No se solucionó la crisis financiera y económica mundial, ni se castigó a los culpables del desastre de 2008, sino que los peces gordos siguen engullendo sus provechos. No se resolvió el enfrentamiento entre Irán y las potencias occidentales a pesar del hecho incontestable de que la República Islámica es un país demasiado fuerte y demasiado peligroso como para dejarle abandonado en un aislamiento resentido. No se ha dado ningún paso adelante en el proceso de paz en Oriente Próximo ni en Afganistán. No se aprovechó la Primavera Árabe para evitar el choque de civilizaciones ni nutrir la democracia. No se llevó a cabo la iniciativa del presidente Obama para crear un Estado del Bienestar en Estados Unidos.

Pienso en el famoso cuento de Sherlock Holmes del problema curioso del ladrar del perro en la noche. «Pero es que el perro no ladró», comentó Watson. «Efectivamente», contestó Holmes, explicando que así se sabía que el perro conocía al criminal. A veces, lo que no pasa cuenta mucho. Para identificar al responsable del crimen, Holmes tuvo que reconocer el silencio del perro. Para comprender la actualidad del mundo, tenemos que explicar la ausencia de logros importantes en el relato de 2011. 

Mientras escribo estas líneas en Chicago, la ciudad hogar del presidente Obama, los rascacielos están surgiendo de la oscuridad de la noche, como gigantes altos y anchos de espaldas, para romper una madrugada de oro y topacio claro. En esta urbe inmensa y soberbia da la sensación de que toda ambición puede realizarse y de que todo esfuerzo, todo sacrificio, merece la pena. Es evidente, empero, que el gran impulso histórico que llevó este país a ser la única superpotencia mundial está tocando a su fin. La incompetencia de la clase política ha dejado estancado al Gobierno y ha arrestado al progreso. Cuando fracasó la propuesta presidencial de introducir un sistema de salud público financiado por el Estado, se acordó, con gran dificultad, en el Congreso y el Senado estadounidenses un esquema para aumentar modestamente el alcance del suministro de servicios de salud mediante subsidios a compañías aseguradoras privadas. Pero éste plan tampoco agradó a la derecha. Y se rechazó por la mayoría de los gobiernos o legislaturas estatales, que acusaron al presidente de querer imponer medidas «socialistas» e «inconstitucionales». Ahora el caso ha encallado en los tribunales, mientras los pobres siguen enfermándose y muriéndose.

Pasó algo parecido con los Presupuestos. Algunos políticos rechazaron cualquier intento de subir los impuestos de los ricos, a pesar de que Warren Buffet -supuestamente el billonario más rico del país- criticó abiertamente que en EEUU los ricos «pagamos un porcentaje menor que nuestras secretarias y camareras». Otros, del otro lado, se negaron a recortar el presupuesto social sin subir los impuestos. Por tanto, no se votó el Presupuesto de 2012.

Además, el valor de los bonos de EEUU ha bajado. Y el país ha perdido su ranking de primera clase en el mundo financiero. La situación recuerda un poco a la de las dos Españas históricas. Hay dos países dentro del Estado, incapaces de hacer concesiones recíprocas, ni de alcanzar soluciones intermedias, ni de fiarse uno del otro. No se trata solamente de la intransigencia de los partidos, sino también de la falta de entendimiento entre el Gobierno federal y los estados. Ambos apelan a los tribunales y ninguna parte, mientras tanto, puede poner en marcha sus propuestas legislativas.

La democracia no ofrece salida ninguna. Las elecciones se abandonan por millones de votantes y se compran por millones de dólares. El sistema se elaboró históricamente como un intento de evitar conflictos violentos, estableciendo un equilibrio entre los órganos ejecutivos, judiciales y legislativos, así como entre los estados y el Gobierno federal. Ahora, en lugar del equilibrio, nos encontramos atrofiados. La Casa Blanca no hace nada, sino echar la culpa a los demás, sencillamente porque está maniatada, no puede hacer nada.
En la Unión Europea la situación es parecida, con un sistema teóricamente consensual pero que en la práctica hace imposible que se puedan lograr los acuerdos precisos entre los 27 países miembros para hacer frente con eficacia a crisis tan radicales como la actual. El proceso político es esclerótico. Hasta cierto punto, la estrategia de no hacer nada y limitarse a imponer medidas de austeridad a los países más afectados, es acertada, ya que todos sabemos que el euro se salvará: es demasiado útil para descartarse, y los alemanes, a pesar de sus quejas, seguirán dispuestos a ayudar con las deudas de sus clientes para mantener un sistema que favorece tanto a sus propias industrias. Pero parece mentira que mientras tanto aguantemos cada vez más paro, más miseria y mayor degradación de la sociedad de bienestar.

Aquí tampoco parece que nuestra democracia valga mucho. En España mantenemos la ilusión de que el nuevo Gobierno sea mejor que el anterior, aunque la verdad es que la solución a la crisis, si la hay, sólo la encontrará el conjunto de la UE, con la colaboración de todas las grandes potencias económicas del mundo, y no está desde luego en manos de tal o cual gobierno nacional. Ahí están los ejemplos de Grecia e Italia, hoy con gobiernos tecnócratas que han sustituido a los anteriores, incompetentes pero elegidos por los ciudadanos.

ME TEMO que los políticos han cedido el mando a los tecnócratas no porque aprecien el talento de éstos, sino para tratar de quedar absueltos de las consecuencias de sus propios fracasos. Cuando haya acabado la crisis, los payasos y prestidigitadores volverán a dominar la arena. La pobreza de la democracia francesa se pone manifiesta en el hecho de que los votantes tendrán que elegir entre Sarkozy, un pisaverde sin principios ni capacidad autocrítica, y François Hollande, una vieja gloria ineficaz e ideológicamente tachado. En Estados Unidos también, parece mentira que tan pocas personas honradas y capaces se presenten para conquistar la Presidencia. Hemos tenido que sufrir un desfile ridículo de truhanes y volatineros, como Rick Perry, que ni pudo acordarse de los ministerios que prometía suprimir, o Hermann Cain, quien ni sabía dónde esta Libia, o Michele Bachmann, que aconsejó sinceramente al presidente Obama que no se involucre en aventuras militares ¡en Australia! Ahora uno de los candidatos más votados en las primarias del Partido Republicano es Rick Santorum, que se declara dispuesto a bombardear a Irán. El único consuelo es que si llegara a ejercer la Presidencia, no podría cumplir con sus promesas ni amenazas por la misma inercia e ineficacia del sistema.
«¡Que experimentes tiempos interesantes!», reza una antigua maldición china. Nosotros habitamos tiempos torpes y embotados y salimos igual de malditos. ¿Cómo vamos a superar la inercia que es la herencia de 2011? ¿Cómo vamos a salvar la paz, la civilización, la economía, el planeta? ¿Suspendiendo la democracia, sustituyendo a los políticos, sucumbiendo a la tecnocracia, zambulléndonos en la revolución, rellenando nuestros abrevaderos de la sangre de las elites fracasados? Tal vez más conviene resignarnos afablemente a vivir otro año en que no suceda nada.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Regenerar la democracia, de Albert Chillón y Lluís Duch


LA VANGUARDIA, 25 de junio de 2011 

El 15-M está llamado a ser asumido como un potente tónico para nuestra fatigada aunque bisoña democracia
 
Desde la eclosión del 15-M ha ido creciendo una alarmante escisión entre el abanico de iniciativas y protestas cívicas, por un lado, y el establecimiento de poder y sus vertientes partidarias, sindicales y periodísticas, por otro. Tanto es así que se ha abierto una ominosa dicotomía entre la sociedad civil y la sociedad política, que corre el riesgo de agostar el suelo de legitimades y consensos en que se asienta la democracia, ese perfectible aunque sin par complejo de equilibrios del que es garante el Estado de Derecho -Generalitat incluida-.

Contra lo que ciertos profetas del desastre auguran, sostenemos que esta encrucijada posibilita una regeneración democrática vital para arrostrar la dramática crisis social y económica que aqueja al país y a Europa. Y también que su consumación, de llevarse a cabo, requeriría tender puentes entre ambas orillas.

Incontables ciudadanos de toda laya y edad están siguiendo los sucesos en curso con una actitud que combina esperanza y desazón. Las razones para la inquietud son variopintas, como expertos y articulistas expresan en páginas y pantallas. Y arraigan en la crisis general y época que vivimos, señalada por una mutación plenaria y planetaria del globalizado capitalismo, cuya impune plutocracia está poniendo de rodillas a los estados; socavando el statu quo vigente desde el fin de la Segunda Guerra; y derruyendo el edificio alzado por el compromiso histórico entre la vieja burguesía y los movimientos revolucionarios y reformistas, expresado en el Estado de bienestar y en la vigencia del ideario socialdemócrata, hoy poco menos que desahuciado.

La ruina de amplias capas de población, la creciente vulnerabilidad y la precarización de los otrora instalados son los síntomas más visibles de una metamorfosis que no sabe de patrias. Justo cuando más arrecia la insultante prepotencia de los mercados y los poderes fácticos, más patente se torna el deterioro de la autoridad democrática y la urgencia de restaurarla, tal como estos días -con preponderante y honroso civismo- están pidiendo los indignados.

Hay, con todo, razones para la esperanza. Tomadas en su esencia y conjunto, las distintas facetas del movimiento 15-M conforman uno de los más relevantes eventos de las últimas décadas, llamado a ser asumido como potente tónico para nuestra fatigada aunque bisoña democracia. Lejos de poner en jaque sus ideales, como ciertas voces pregonan, les rinde homenaje al denunciar las patentes corrosiones y corrupciones que sufren, y al vindicar reformas proclives a su consumación -entendida como horizonte al que debe tenderse siempre, por más que nunca quepa alcanzarlo-. Pese a sus carencias y errores, el 15-M trae luz y aire frescos que ninguna persona sensata y cabal debería ignorar: una aún balbuciente y deslavazada crítica contra la vigente institucionalidad, aquejada por una degeneración que gobernantes y ciudadanos precisan resolver a una.

La galerna que atravesamos sólo podrá ser afrontada si ambas sociedades, la civil y la política, detienen el rampante cisma y colaboran en regenerar la perfectible democracia de que ya disponemos. Estamos convencidos de que, plural como es y debe ser, el parecer mayoritario rehúye el arsenal de tópicos y simplezas que están cundiendo, tanto entre el grueso de las filas establecidas como entre parte de las indignadas -humilladas y ofendidas, no se olvide, por el mayor expolio social, político y económico del último medio siglo-. Y de que incontables ciudadanos de bien estiman suicida que tan crucial diálogo entre ambas partes se degrade en monólogo ciego, sostenido a costa de sofocar o marginar a los discrepantes.

Amén de persistir, articularse y crecer, la hasta hace poco demudada sociedad civil puede aportar a la sociedad política un horizonte utópico que ésta ha perdido en gran medida: metas y valores -inherentes al democrático ideal- que la partitocracia tiende a trocar en hueras liturgias, obcecada como está por inmolar cualquier trascendencia en el ara del dios mercado. Se trata de un viento regenerador que el Estado y sus institutos tienen el deber de asumir de buen grado, conscientes de que su cabal supervivencia dependerá de que recobren esa conexión con la ciudadanía que reclaman con justicia los indignados.Para lograrlo, estos han de evitar que se esclerosen y perviertan las virtudes que mostraron al principio, y superar las tentaciones que acechan a todo movimiento incipiente: la candidez reivindicativa, el aventurismo iluso, el demagógico y unánime narcisismo y la pulsión de ignorar cualesquiera herencias, incluido el indispensable acervo de legalidades y legitimidades que el Estado de derecho brinda.

Al establecimiento de poder, por su parte, le atañe superar el paranoico enroque con que ha respondido a los indignados con causa. Dotado de medios de los que carece la sociedad civil, cabe exigirle que asuma con generosa prudencia la exhortación colectiva, y que evite que la letal dialéctica amigo/enemigo arruine toda esperanza. La democracia no es un factum logrado, sino un empeño que siempre se halla en camino. Y su regeneración es de todo punto perentoria e imprescindible, la única vía para afrontar el desafío en ciernes.

Albert Chillón, profesor titular de la UAB y escritor. Lluís Duch, antropólogo y monje de Montserrat.