El presidente de la banca vaticana, Ettore Gotti Tedeschi, augura un 'boom' de África tras su democratización
LA VANGUARDIA 13/05/2011 Eusebio Val
domingo, 17 de abril de 2011
Lectura y revolución digital. Aprender a leer, leer para aprender. Roger Chartier
Fuente: http://www.pensamientocritico.org/rogcha0310.pdf
La revolución digital de nuestro presente modifica todo a la vez, los soportes de la escritura, la técnica de su reproducción y diseminación, y las maneras de leer.
Tal simultaneidad resulta inédita en la historia de la humanidad. La invención de la imprenta no modificó las estructuras fundamentales del libro, compuesto, tanto antes como después de Gutenberg, por pliegos,hojas y páginas reunidos en un mismo objeto. En los primeros siglos de la era cristiana, esta se impuso a costa del rollo, pero no estuvo acompañada por una transformación de la técnica de reproducción de los textos, siempre asegurada por la copia manuscrita. Y si bien la lectura ha conocido varias revoluciones, señaladas o discutidas por los historiadores, todas ocurrieron durante la larga duración del codex: tal como son las
conquistas medievales de la lectura silenciosa y visual, la fiebre de lectura que caracterizó el
tiempo de las Luces, o incluso, a partir del siglo XIX, como lo hemos visto, la entrada en la
lectura de recién llegados: los medios populares, las mujeres y los niños.
Al romper el antiguo lazo anudado entre los textos y los objetos, entre los discursos y su
materialidad, entre los dos sentidos del libro entendido, a la vez, como soporte y como
obra, la revolución digital obliga a una radical revisión de los gestos y nociones que
asociamos con lo escrito. A pesar de la inercia del vocabulario, que intenta domesticar la
novedad denominándola con palabras familiares, los fragmentos de textos que aparecen en la
pantalla no son páginas, sino composiciones singulares y efímeras. Y, contrariamente a sus
predecesores, rollo o codex, el libro electrónico no se diferencia de las otras producciones de
la escritura por la evidencia de su forma material. La ruptura existe incluso en las aparentes
continuidades. La lectura frente a la pantalla es una lectura discontinua, segmentada, atada al
fragmento. ¿Acaso no resulta, por este hecho, la heredera directa de las prácticas permitidas
y suscitadas por el codex? En efecto, éste último invita a hojear los textos, apoyándose en
sus índices o bien a “sauts et gambades” como decía Montaigne. El codex invita también a
comparar diferentes pasajes, como lo quería la lectura tipológica de la Biblia, o a extraer y
copiar citas y sentencias, así como lo exigía la técnica humanista de los lugares comunes. Sin
embargo, la similitud morfológica no debe engañar. La discontinuidad y la fragmentación de la
lectura no tienen el mismo sentido cuando están acompañadas de la percepción de la totalidad
textual contenida en el objeto escrito, tal como la propone el codex, y cuando la superficie
luminosa donde aparecen los fragmentos textuales no deja ver inmediatamente los límites y
la coherencia del corpus de donde fueron extraídos.
22 La descontextualización de los fragmentos y la continuidad textual que no diferencia más los
diversos discursos a partir de su materialidad propia parecen contradictorios con los procederes
tradicionales del aprender leyendo, que supone tanto la comprensión inmediata, gracias a la
forma de su publicación, de valor del conocimiento procurado por los diversos discursos como
la percepción de las obras como obras, es decir en su totalidad y coherencia. Las mutaciones
contemporáneas no son sin riesgos como lo muestra la inquietante capacidad del mundo digital
a dar credibilidad a las falsificaciones o errores, a someter la jerarquía los conocimientos a la
lógica económica de las más poderosas empresas multimedia, o a establecer la dominación
cada día más fuerte del inglés como única lengua del saber. Estos temores son plenamente
legítimos y deben inspirar posibles maneras de limitar sus efectos desastrosos. Sin embargo,
no deben hacer olvidar otras realidades más prometedoras.
23 El sueño de la biblioteca universal parece hoy más próximo a hacerse realidad que nunca antes,
incluso más que en la Alejandría de los Ptolomeos. La conversión digital de las colecciones
existentes promete la constitución de una biblioteca sin muros, donde se podría acceder a todas
las obras que fueron publicadas en algún momento, a todos los escritos que constituyen el
patrimonio de la humanidad. La ambición es magnífica, y, como escribe Borges, “cuando se
proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante
felicidad”. Pero, seguramente, la segunda impresión debe inspirar una reflexión sobre lo
que implica la conversión digital que propone a los lectores contemporáneos textos cuyas
formas materiales no son más aquellas donde sus lectores del pasado los leyeron. Semejante
transformación no carece de precedentes, se podría decir, y fue en códices, y ya no en los rollos
de su primera circulación, que los lectores medievales y modernos se apropiaron de las obras
antiguas o, al menos, de aquellas que han podido o querido copiar. Seguramente. Pero para
comprender las significaciones que los lectores del pasado han dado a los textos de los que
se apoderaron, es necesario proteger, conservar y comprender los objetos escritos que los han
transmitido. La “felicidad extravagante” suscitada por la biblioteca universal podría volverse
impotente amargura si se traduce en la relegación o, peor aún, la destrucción de los objetos
impresos que han alimentado a lo largo del tiempo los pensamientos y sueños de aquellos y
aquellas que los han leído. La amenaza no es universal, y los incunables no tienen nada que
temer, pero no ocurre lo mismo con las más humildes y recientes publicaciones, sean o no
periódicas. Es la razón por la cual las bibliotecas deben mantenerse en el mundo de la red como
un lugar y una institución fundamental donde los lectores seguirán aprendiendo en los libros.
24 Al mismo tiempo que modifica las posibilidades del acceso al conocimiento, la revolución
digital transforma profundamente las modalidades de las argumentaciones y los criterios o
recursos que puede movilizar el lector para aceptarlas o rechazarlas. Por un lado, la textualidad
electrónica permite desarollar las argumentaciones o demostraciones según una lógica que ya
no es necesariamente lineal ni deductiva, tal como lo implica la inscripción de un texto sobre
una página, sino que puede ser abierta, estallada y relacional gracias a la multiplicación de
los vínculos hipertextuales. Por otro lado, y como consecuencia, el lector puede comprobar
la validez de cualquiera demostración consultando por sí mismo los textos (pero también las
imágenes, las palabras grabadas o composiciones musicales) que son el objeto del análisis
si, por supuesto, están accesibles en una forma digitalizada. Semejante posibilidad modifica
profundamente las técnicas clásicas de la prueba (notas del pie de páginas, citas, referencias)
que suponían que el lector hiciese confianza al autor sin poder colocarse en la misma posición
que éste frente a los documentos analizados y utilizados. En este sentido, la revolución de
la textualidad digital constituye también una mutación epistemológica que transforma las
modalidades de construcción y acreditación de los discursos del saber. Puede así abrir nuevas
perspectivas a la adquisición de los conocimientos otorgada por la lectura, cualquier sea la
modalidad de inscripción y transmisión del texto del cual se apodera.
25 Como siempre es el “ingenio lego”, Cervantes, el que puede aclarar las contradicciones
apuntadas por este texto. Sancho, que no sabe ni leer ni escribir, es sin embargo el depositario
de una sabiduría sentencial transmitida por los refranes y cuentos de su pueblo. Sancho
aprendió sin leer. Don Quijote, que ha leído hasta la locura, muestra la profunda ambivalencia
de la lectura - y de los libros. Pueden hacer el hombre más sabio, cuerdo y discreto, como lo
indica el hidalgo al caballero del verde gabán, pero pueden también hacerle perder el juicio.
En este sentido, Don Quijote leyó sin aprender, por lo menos sin aprender lo que requieren el
entendimiento y la prudencia. Leer para aprender, pero sabiendo que existen conocimientos
que no se encuentran encerrados en las páginas de los libros; aprender a leer, pero trazando su
propio camino en la selva o los jardines de los textos: tales son, hoy en día, las advertencias
que nos dejan don Quijote, un elefante que era “seco de carnes”, y Sancho, un cordero que
tenía “la barriga grande y las zancas largas”.
La revolución digital de nuestro presente modifica todo a la vez, los soportes de la escritura, la técnica de su reproducción y diseminación, y las maneras de leer.
Tal simultaneidad resulta inédita en la historia de la humanidad. La invención de la imprenta no modificó las estructuras fundamentales del libro, compuesto, tanto antes como después de Gutenberg, por pliegos,hojas y páginas reunidos en un mismo objeto. En los primeros siglos de la era cristiana, esta se impuso a costa del rollo, pero no estuvo acompañada por una transformación de la técnica de reproducción de los textos, siempre asegurada por la copia manuscrita. Y si bien la lectura ha conocido varias revoluciones, señaladas o discutidas por los historiadores, todas ocurrieron durante la larga duración del codex: tal como son las
conquistas medievales de la lectura silenciosa y visual, la fiebre de lectura que caracterizó el
tiempo de las Luces, o incluso, a partir del siglo XIX, como lo hemos visto, la entrada en la
lectura de recién llegados: los medios populares, las mujeres y los niños.
Al romper el antiguo lazo anudado entre los textos y los objetos, entre los discursos y su
materialidad, entre los dos sentidos del libro entendido, a la vez, como soporte y como
obra, la revolución digital obliga a una radical revisión de los gestos y nociones que
asociamos con lo escrito. A pesar de la inercia del vocabulario, que intenta domesticar la
novedad denominándola con palabras familiares, los fragmentos de textos que aparecen en la
pantalla no son páginas, sino composiciones singulares y efímeras. Y, contrariamente a sus
predecesores, rollo o codex, el libro electrónico no se diferencia de las otras producciones de
la escritura por la evidencia de su forma material. La ruptura existe incluso en las aparentes
continuidades. La lectura frente a la pantalla es una lectura discontinua, segmentada, atada al
fragmento. ¿Acaso no resulta, por este hecho, la heredera directa de las prácticas permitidas
y suscitadas por el codex? En efecto, éste último invita a hojear los textos, apoyándose en
sus índices o bien a “sauts et gambades” como decía Montaigne. El codex invita también a
comparar diferentes pasajes, como lo quería la lectura tipológica de la Biblia, o a extraer y
copiar citas y sentencias, así como lo exigía la técnica humanista de los lugares comunes. Sin
embargo, la similitud morfológica no debe engañar. La discontinuidad y la fragmentación de la
lectura no tienen el mismo sentido cuando están acompañadas de la percepción de la totalidad
textual contenida en el objeto escrito, tal como la propone el codex, y cuando la superficie
luminosa donde aparecen los fragmentos textuales no deja ver inmediatamente los límites y
la coherencia del corpus de donde fueron extraídos.
22 La descontextualización de los fragmentos y la continuidad textual que no diferencia más los
diversos discursos a partir de su materialidad propia parecen contradictorios con los procederes
tradicionales del aprender leyendo, que supone tanto la comprensión inmediata, gracias a la
forma de su publicación, de valor del conocimiento procurado por los diversos discursos como
la percepción de las obras como obras, es decir en su totalidad y coherencia. Las mutaciones
contemporáneas no son sin riesgos como lo muestra la inquietante capacidad del mundo digital
a dar credibilidad a las falsificaciones o errores, a someter la jerarquía los conocimientos a la
lógica económica de las más poderosas empresas multimedia, o a establecer la dominación
cada día más fuerte del inglés como única lengua del saber. Estos temores son plenamente
legítimos y deben inspirar posibles maneras de limitar sus efectos desastrosos. Sin embargo,
no deben hacer olvidar otras realidades más prometedoras.
23 El sueño de la biblioteca universal parece hoy más próximo a hacerse realidad que nunca antes,
incluso más que en la Alejandría de los Ptolomeos. La conversión digital de las colecciones
existentes promete la constitución de una biblioteca sin muros, donde se podría acceder a todas
las obras que fueron publicadas en algún momento, a todos los escritos que constituyen el
patrimonio de la humanidad. La ambición es magnífica, y, como escribe Borges, “cuando se
proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante
felicidad”. Pero, seguramente, la segunda impresión debe inspirar una reflexión sobre lo
que implica la conversión digital que propone a los lectores contemporáneos textos cuyas
formas materiales no son más aquellas donde sus lectores del pasado los leyeron. Semejante
transformación no carece de precedentes, se podría decir, y fue en códices, y ya no en los rollos
de su primera circulación, que los lectores medievales y modernos se apropiaron de las obras
antiguas o, al menos, de aquellas que han podido o querido copiar. Seguramente. Pero para
comprender las significaciones que los lectores del pasado han dado a los textos de los que
se apoderaron, es necesario proteger, conservar y comprender los objetos escritos que los han
transmitido. La “felicidad extravagante” suscitada por la biblioteca universal podría volverse
impotente amargura si se traduce en la relegación o, peor aún, la destrucción de los objetos
impresos que han alimentado a lo largo del tiempo los pensamientos y sueños de aquellos y
aquellas que los han leído. La amenaza no es universal, y los incunables no tienen nada que
temer, pero no ocurre lo mismo con las más humildes y recientes publicaciones, sean o no
periódicas. Es la razón por la cual las bibliotecas deben mantenerse en el mundo de la red como
un lugar y una institución fundamental donde los lectores seguirán aprendiendo en los libros.
24 Al mismo tiempo que modifica las posibilidades del acceso al conocimiento, la revolución
digital transforma profundamente las modalidades de las argumentaciones y los criterios o
recursos que puede movilizar el lector para aceptarlas o rechazarlas. Por un lado, la textualidad
electrónica permite desarollar las argumentaciones o demostraciones según una lógica que ya
no es necesariamente lineal ni deductiva, tal como lo implica la inscripción de un texto sobre
una página, sino que puede ser abierta, estallada y relacional gracias a la multiplicación de
los vínculos hipertextuales. Por otro lado, y como consecuencia, el lector puede comprobar
la validez de cualquiera demostración consultando por sí mismo los textos (pero también las
imágenes, las palabras grabadas o composiciones musicales) que son el objeto del análisis
si, por supuesto, están accesibles en una forma digitalizada. Semejante posibilidad modifica
profundamente las técnicas clásicas de la prueba (notas del pie de páginas, citas, referencias)
que suponían que el lector hiciese confianza al autor sin poder colocarse en la misma posición
que éste frente a los documentos analizados y utilizados. En este sentido, la revolución de
la textualidad digital constituye también una mutación epistemológica que transforma las
modalidades de construcción y acreditación de los discursos del saber. Puede así abrir nuevas
perspectivas a la adquisición de los conocimientos otorgada por la lectura, cualquier sea la
modalidad de inscripción y transmisión del texto del cual se apodera.
25 Como siempre es el “ingenio lego”, Cervantes, el que puede aclarar las contradicciones
apuntadas por este texto. Sancho, que no sabe ni leer ni escribir, es sin embargo el depositario
de una sabiduría sentencial transmitida por los refranes y cuentos de su pueblo. Sancho
aprendió sin leer. Don Quijote, que ha leído hasta la locura, muestra la profunda ambivalencia
de la lectura - y de los libros. Pueden hacer el hombre más sabio, cuerdo y discreto, como lo
indica el hidalgo al caballero del verde gabán, pero pueden también hacerle perder el juicio.
En este sentido, Don Quijote leyó sin aprender, por lo menos sin aprender lo que requieren el
entendimiento y la prudencia. Leer para aprender, pero sabiendo que existen conocimientos
que no se encuentran encerrados en las páginas de los libros; aprender a leer, pero trazando su
propio camino en la selva o los jardines de los textos: tales son, hoy en día, las advertencias
que nos dejan don Quijote, un elefante que era “seco de carnes”, y Sancho, un cordero que
tenía “la barriga grande y las zancas largas”.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Avishai Margalit: La sociedad decente (Paidós)
Ni humillados ni ofendidos
FERNANDO SAVATER 22/03/2011
A diferencia de las utopías, que son maniáticamente detallistas y cerradas (el sueño de unos pocos que se convierte en pesadilla de todos los demás, si se llevan a la práctica), los ideales sirven siempre de generosa inspiración pero pagan el precio de mantenerse inconcretos y permitir interpretaciones contradictorias. De modo que la pregunta "¿qué tipo de sociedad queremos?" no es nada fácil de contestar. Mencionamos palabras venerables -libertad, justicia, seguridad, igualdad...- pero luego constatamos que cada cual tiene su propia versión de ellas y que en todo caso no es fácil que casen unas con otras sin eso que Max Weber llamaba "choque de dioses".
Sin embargo, más allá de la solución de problemas logísticos concretos o de repeler ciertos males, parece humanamente necesario algún bosquejo de la sociedad deseable: en principio, por razones educativas. Quienes hoy propugnan abolir cualquier ideario político del programa docente -¡la infame Educación para la Ciudadanía!- denuncian así su pánico a definir de modo articulado y conjunto lo que tienen por preferible o a que, si lo hacen, se evidencie su incompatibilidad con los derechos fundamentales ya establecidos en las democracias contemporáneas. Al neófito que pregunta el porqué de cuanto proscribimos o prescribimos ningún maestro puede responder solamente: "De momento, es lo que hay".
Por supuesto, necesitamos una orientación general debatible y no un recetario de dogmas inapelables. Buscamos fórmulas no lacradas con el sello bloqueador de la izquierda o la derecha. De ahí el interés de La sociedad decente (Paidós) del profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Avishai Margalit, cuya primera inspiración es probablemente la noción de common decency de George Orwell. Para Margalit, la sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a ningún ciudadano, es decir no lesionan el respeto que se tienen a sí mismos ni excluyen a ninguna minoría moralmente legítima. Las leyes encauzan y acogen, pero procuran no ofender imponiendo condicionamientos que jerarquicen a los ciudadanos en primera, segunda... o tercera clase. Desde luego, tampoco este desiderátum es obvio ni intuitivo y la obra del profesor Margalit -que tiene como trasfondo vital aunque no teórico la convivencia entre judíos y palestinos- recorre sus variados aspectos con análisis siempre interesantes aunque a veces objetables.
También en España se proponen leyes que pretenden acabar con posibles humillaciones en nuestra sociedad. En el Gobierno hay gente que ha leído a Margalit, por lo cual no cabe sino felicitar a los interesados. Su tarea desde luego no es fácil, porque en materia de humillaciones parece que nos va la marcha. Viendo imágenes recientes de las pasadas rebajas de enero, cuando tantos voluntarios de ambos sexos se avinieron a presentarse en los grandes almacenes en calzoncillos, bragas y sostén para conseguir así más calzoncillos, bragas y sostenes a buen precio, uno se pregunta cómo puede humillarse a gente tan contenta de humillarse a sí misma. Por no hablar de los numerosos programas del corazón basados en la humillación pública de espontáneos que la aceptan sea gratis o cobrando, pero sobre todo en la humillación moral de los espectadores que no solo no padecen ofensa al verlos sino que se refocilan rebajándose. Difícil salvar de humillaciones a tantos entusiastas de ellas...
Sin embargo, algo se puede hacer. Ya que la noción de igualdad entre los sexos ha sido un caballo de batalla de este Gobierno, pueden prevenirse humillaciones abogando por la custodia compartida de los hijos o los permisos de paternidad para los varones. Y como cunde la afición alguacilesca a prohibirnos cosas por nuestro bien, será bueno recordar esta opinión de Margalit: "el paternalismo, que pretende hablar en nombre de los verdaderos intereses de las personas, es especialmente humillante, en cuanto las trata como si fueran seres inmaduros". Contra la humillación, tolerancia, ecuanimidad y reflexión.
FERNANDO SAVATER 22/03/2011
A diferencia de las utopías, que son maniáticamente detallistas y cerradas (el sueño de unos pocos que se convierte en pesadilla de todos los demás, si se llevan a la práctica), los ideales sirven siempre de generosa inspiración pero pagan el precio de mantenerse inconcretos y permitir interpretaciones contradictorias. De modo que la pregunta "¿qué tipo de sociedad queremos?" no es nada fácil de contestar. Mencionamos palabras venerables -libertad, justicia, seguridad, igualdad...- pero luego constatamos que cada cual tiene su propia versión de ellas y que en todo caso no es fácil que casen unas con otras sin eso que Max Weber llamaba "choque de dioses".
Necesitamos una orientación general debatible y no un recetario de dogmas inapelables
Sin embargo, más allá de la solución de problemas logísticos concretos o de repeler ciertos males, parece humanamente necesario algún bosquejo de la sociedad deseable: en principio, por razones educativas. Quienes hoy propugnan abolir cualquier ideario político del programa docente -¡la infame Educación para la Ciudadanía!- denuncian así su pánico a definir de modo articulado y conjunto lo que tienen por preferible o a que, si lo hacen, se evidencie su incompatibilidad con los derechos fundamentales ya establecidos en las democracias contemporáneas. Al neófito que pregunta el porqué de cuanto proscribimos o prescribimos ningún maestro puede responder solamente: "De momento, es lo que hay".
Por supuesto, necesitamos una orientación general debatible y no un recetario de dogmas inapelables. Buscamos fórmulas no lacradas con el sello bloqueador de la izquierda o la derecha. De ahí el interés de La sociedad decente (Paidós) del profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Avishai Margalit, cuya primera inspiración es probablemente la noción de common decency de George Orwell. Para Margalit, la sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a ningún ciudadano, es decir no lesionan el respeto que se tienen a sí mismos ni excluyen a ninguna minoría moralmente legítima. Las leyes encauzan y acogen, pero procuran no ofender imponiendo condicionamientos que jerarquicen a los ciudadanos en primera, segunda... o tercera clase. Desde luego, tampoco este desiderátum es obvio ni intuitivo y la obra del profesor Margalit -que tiene como trasfondo vital aunque no teórico la convivencia entre judíos y palestinos- recorre sus variados aspectos con análisis siempre interesantes aunque a veces objetables.
También en España se proponen leyes que pretenden acabar con posibles humillaciones en nuestra sociedad. En el Gobierno hay gente que ha leído a Margalit, por lo cual no cabe sino felicitar a los interesados. Su tarea desde luego no es fácil, porque en materia de humillaciones parece que nos va la marcha. Viendo imágenes recientes de las pasadas rebajas de enero, cuando tantos voluntarios de ambos sexos se avinieron a presentarse en los grandes almacenes en calzoncillos, bragas y sostén para conseguir así más calzoncillos, bragas y sostenes a buen precio, uno se pregunta cómo puede humillarse a gente tan contenta de humillarse a sí misma. Por no hablar de los numerosos programas del corazón basados en la humillación pública de espontáneos que la aceptan sea gratis o cobrando, pero sobre todo en la humillación moral de los espectadores que no solo no padecen ofensa al verlos sino que se refocilan rebajándose. Difícil salvar de humillaciones a tantos entusiastas de ellas...
Sin embargo, algo se puede hacer. Ya que la noción de igualdad entre los sexos ha sido un caballo de batalla de este Gobierno, pueden prevenirse humillaciones abogando por la custodia compartida de los hijos o los permisos de paternidad para los varones. Y como cunde la afición alguacilesca a prohibirnos cosas por nuestro bien, será bueno recordar esta opinión de Margalit: "el paternalismo, que pretende hablar en nombre de los verdaderos intereses de las personas, es especialmente humillante, en cuanto las trata como si fueran seres inmaduros". Contra la humillación, tolerancia, ecuanimidad y reflexión.
domingo, 20 de marzo de 2011
RELIGIÓN Y NEUROCIENCIAS
VÉASE:
Sentido y sinsentido de la fe: Rentschler, Rabea y Könneker, Carsten
Desde que hace más de 150 años apareciera la obra de Darwin "El origen de las especies", existe una disputa sobre las consecuencias de la teoría de la evolución para nuestra imagen del mundo. ¿Se ha vuelto superflua la idea de un creador?
En 1879 Charles Darwin escribía a un amigo: "Me parece absurdo poner en duda que un hombre pueda ser un teísta apasionado y un evolucionista". ¿Son realmente incompatibles la fe en Dios y una perspectiva evolucionista estricta?
Wuketits: Creo que sí. Sólo si se toma la fe en Dios en un sentido muy amplio es compatible con la teoría de la evolución. En este sentido, Einstein era, en cierto modo, religioso. Más problemático resulta con cualquier tipo de fe en un creador, en especial con los creacionistas: la convicción de que el mundo surgió en seis días entra inequívocamente en contradicción con el pensamiento evolucionista.
Schröder: Sin embargo, se puede creer en un creador sin ser creacionista. Copérnico, Kepler, Galileo, los padres de las modernas ciencias naturales, trataron de comprender cómo Dios había creado el mundo. Querían descifrar el plan divino de la creación con la ayuda de las matemáticas.
Seguir en:
Mente y cerebro: 45 -Biología de la religión
http://www.investigacionyciencia.es/Digital/solo_articulo.asp?indice=0
Homo religiosus Blume, Michael
El debate todavía vigente sobre ciencia y religión gira de nuevo: los investigadores indagan ahora las raíces biológicas de la fe. Múltiples datos revelan la espiritualidad y la religiosidad como productos "beneficiosos" de la evolución.
Inicio artículo
En el paleolítico medio, hace al menos 120.000 años, el Homo sapiens y el neandertal hicieron algo que hasta entonces no se le había ocurrido a ninguna otra especie de nuestro planeta: enterraron a sus muertos en lugares rituales. El número y la complejidad de estas sepulturas se incrementaron muy rápidamente, según permiten suponer los hallazgos arqueológicos. Hoy, por supuesto, se celebran funerales en todas las culturas; incluso los movimientos decididamente ateos conducen de modo ritual a sus muertos al más allá. En torno a Lenin, Mao o Atatürk se escenifica un culto verdaderamente religioso: sus adeptos los perpetúan en imágenes y citas, los protegen de las críticas e incluso les construyen lujosos mausoleos. Todo ello nos deriva a una conjetura aún irresoluta: ¿supuso la preocupación por los muertos el inicio de la religiosidad humana?
En contadas ocasiones nos encontramos preguntas de biología evolutiva como ésta en el acalorado debate sobre el sentido y el sinsentido de la religión que se desarrolla en los medios de comunicación, la política y la ciencia. Por un lado, una nueva generación de creacionistas religiosamente motivados ataca, bajo la consigna de "diseño inteligente", la todavía actual teoría de la evolución de Charles Darwin. Por otra parte, los "nuevos ateos", como el zoólogo británico Richard Dawkins, difaman toda forma de fe religiosa bajo el concepto de "ilusión de Dios". Lejos de este intercambio de ataques mediáticos, algunos científicos tratan de indagar las raíces biológicas del comportamiento religioso. Uno de ellos es Jesse Bering, psicólogo de la Universidad norirlandesa de Belfast, quien investiga desde 2003 a través de una serie de experimentos originales cómo surge la fe en "observadores sobrenaturales" (espíritus o dioses) e influye en la conducta de los individuos
Recuadro - "Yes, we believe!" ('¡Sí, nosotros creemos!') Bassimir, Anja-Maria y Blume, Michael
Cuatro razones por las que los estadounidenses creen de otra manera.
El comportamiento religioso no tiene sólo sus raíces en la biología; también está fuertemente marcado por el entorno cultural y social. Esto se refleja incluso en la interpretación de evidencias científicas supuestamente "duras": en Estados Unidos, los investigadores suelen coincidir en que los hombres con epilepsia del lóbulo temporal son especialmente religiosos. "En Alemania raramente se determina este hecho", constató hace algunos años el ya fallecido neurocientífico de Bonn Detlef B. Linke. Es probable que la mayor religiosidad, en términos generales, de los ciudadanos norteamericanos influya en que las declaraciones de los pacientes se interpreten más bien en un sentido espiritual. La comparación estadística entre Estados Unidos y Europa muestra que, de hecho, se diferencian claramente el tipo y la intensidad de las prácticas religiosas a este y allende lado del Atlántico. Cuatro son las causas principales.
http://www.investigacionyciencia.es/Digital/Productos00.asp?producto=675&listaDeBusqueda=Si
Sentido y sinsentido de la fe: Rentschler, Rabea y Könneker, Carsten
Desde que hace más de 150 años apareciera la obra de Darwin "El origen de las especies", existe una disputa sobre las consecuencias de la teoría de la evolución para nuestra imagen del mundo. ¿Se ha vuelto superflua la idea de un creador?
En 1879 Charles Darwin escribía a un amigo: "Me parece absurdo poner en duda que un hombre pueda ser un teísta apasionado y un evolucionista". ¿Son realmente incompatibles la fe en Dios y una perspectiva evolucionista estricta?
Wuketits: Creo que sí. Sólo si se toma la fe en Dios en un sentido muy amplio es compatible con la teoría de la evolución. En este sentido, Einstein era, en cierto modo, religioso. Más problemático resulta con cualquier tipo de fe en un creador, en especial con los creacionistas: la convicción de que el mundo surgió en seis días entra inequívocamente en contradicción con el pensamiento evolucionista.
Schröder: Sin embargo, se puede creer en un creador sin ser creacionista. Copérnico, Kepler, Galileo, los padres de las modernas ciencias naturales, trataron de comprender cómo Dios había creado el mundo. Querían descifrar el plan divino de la creación con la ayuda de las matemáticas.
Seguir en:
Mente y cerebro: 45 -Biología de la religión
http://www.investigacionyciencia.es/Digital/solo_articulo.asp?indice=0
Homo religiosus Blume, Michael
El debate todavía vigente sobre ciencia y religión gira de nuevo: los investigadores indagan ahora las raíces biológicas de la fe. Múltiples datos revelan la espiritualidad y la religiosidad como productos "beneficiosos" de la evolución.

En el paleolítico medio, hace al menos 120.000 años, el Homo sapiens y el neandertal hicieron algo que hasta entonces no se le había ocurrido a ninguna otra especie de nuestro planeta: enterraron a sus muertos en lugares rituales. El número y la complejidad de estas sepulturas se incrementaron muy rápidamente, según permiten suponer los hallazgos arqueológicos. Hoy, por supuesto, se celebran funerales en todas las culturas; incluso los movimientos decididamente ateos conducen de modo ritual a sus muertos al más allá. En torno a Lenin, Mao o Atatürk se escenifica un culto verdaderamente religioso: sus adeptos los perpetúan en imágenes y citas, los protegen de las críticas e incluso les construyen lujosos mausoleos. Todo ello nos deriva a una conjetura aún irresoluta: ¿supuso la preocupación por los muertos el inicio de la religiosidad humana?
En contadas ocasiones nos encontramos preguntas de biología evolutiva como ésta en el acalorado debate sobre el sentido y el sinsentido de la religión que se desarrolla en los medios de comunicación, la política y la ciencia. Por un lado, una nueva generación de creacionistas religiosamente motivados ataca, bajo la consigna de "diseño inteligente", la todavía actual teoría de la evolución de Charles Darwin. Por otra parte, los "nuevos ateos", como el zoólogo británico Richard Dawkins, difaman toda forma de fe religiosa bajo el concepto de "ilusión de Dios". Lejos de este intercambio de ataques mediáticos, algunos científicos tratan de indagar las raíces biológicas del comportamiento religioso. Uno de ellos es Jesse Bering, psicólogo de la Universidad norirlandesa de Belfast, quien investiga desde 2003 a través de una serie de experimentos originales cómo surge la fe en "observadores sobrenaturales" (espíritus o dioses) e influye en la conducta de los individuos
Recuadro - "Yes, we believe!" ('¡Sí, nosotros creemos!') Bassimir, Anja-Maria y Blume, Michael
Cuatro razones por las que los estadounidenses creen de otra manera.
El comportamiento religioso no tiene sólo sus raíces en la biología; también está fuertemente marcado por el entorno cultural y social. Esto se refleja incluso en la interpretación de evidencias científicas supuestamente "duras": en Estados Unidos, los investigadores suelen coincidir en que los hombres con epilepsia del lóbulo temporal son especialmente religiosos. "En Alemania raramente se determina este hecho", constató hace algunos años el ya fallecido neurocientífico de Bonn Detlef B. Linke. Es probable que la mayor religiosidad, en términos generales, de los ciudadanos norteamericanos influya en que las declaraciones de los pacientes se interpreten más bien en un sentido espiritual. La comparación estadística entre Estados Unidos y Europa muestra que, de hecho, se diferencian claramente el tipo y la intensidad de las prácticas religiosas a este y allende lado del Atlántico. Cuatro son las causas principales.
http://www.investigacionyciencia.es/Digital/Productos00.asp?producto=675&listaDeBusqueda=Si
La violencia: la otra cara de la empatía
Revista Mente y cerebro: 47,
La empatía y la violencia podrían compartir circuitos cerebrales. Tal particularidad abre caminos nuevos en la investigación para prevenir y tratar la conducta violenta en criminales y delincuentes. Ponerse en el lugar de los demás, en eso consiste la empatía. Para algunas personas resulta una tarea sencilla, casi innata. Para otras, representa un proceso complicado, un esfuerzo activo que no siempre se logra, mas no por ello resulta imposible. Por lo general, se puede aprender a ser empático, a mejorar dicha capacidad e incluso a interiorizarla. El «cerebro empático» entiende con mayor facilidad los sentimientos, las emociones y los pensamientos de otras personas. Tal habilidad depende de la educación recibida, de las experiencias vividas y del aprendizaje de vida de cada uno, aunque también influyen factores biológicos, como la disposición y conformación de las estructuras cerebrales, la acción de diversos neurotransmisores, la estimulación hormonal y, posiblemente, la carga genética. Las mujeres, en general, se muestran más empáticas que los hombres. Ello se debe, en parte, a la exposición prenatal a las hormonas sexuales, proceso que organiza el cerebro en un modo específico, conformándolo como masculino o femenino antes del nacimiento mediante la acción cerebral de los andrógenos y los estrógenos. Dicha afirmación no significa que un hombre no pueda ser más empático que una mujer. De hecho, muchos varones lo son; además, las diferencias dentro de un mismo género resultan siempre mayores que las que surgen al comparar hombres y mujeres. Mas, según las estadísticas, ellas son más empáticas que ellos. La empatía se conforma de dos componentes: uno de naturaleza cognitiva, otro de naturaleza emocional. El primero se relaciona con la capacidad de una persona para comprender y abstraer los procesos mentales de otro individuo. El segundo se refiere al acercamiento de un sujeto al estado emocional de otro, así como a las reacciones que ello le provoca. A pesar de la dificultad de evaluar la empatía, se han elaborado escalas y cuestionarios para medirla. Uno de los instrumentos de medida más empleados es el Índice de Reactividad Interpersonal (IRI), que evalúa la empatía desde una perspectiva amplia y en todas sus dimensiones, incluyendo factores cognitivos (toma de perspectiva y fantasía) y emocionales (preocupación empática y malestar personal). | |
sábado, 19 de marzo de 2011
CINE: El nuevo milenio de la A a la Z. HilarioJ.Rodríguez
Ir al pdf.:
http://www.ortegaygasset.edu/descargas/contenidos/01_Hilario%20Rodriguez.pdf
Revista de Occidente, marzo 2011
Alejandro Amenábar (Chile, 1972):
Los cineastas como Alejandro Amenábar son trucos de magia. De pronto están, de pronto no están.Hoy hacen una película española y mañana una norteamericana. Pero el arte no conoce fronteras.
Tras el nacimiento de Hollywood, un gran número de directores, actores, guionistas o técnicos marcharon a EstadosUnidos en busca de fortuna, como antes los buscadores de oro. Todavía hoy sigue habiendo una importante fuga de talentos que dejan su hogar y se van a probar suerte allí. Sin embargo, hay diferencias entre las olas migratorias de antaño y las de la actualidad.
Antes, quienes llegaban a Hollywood lo hacían con un mundo a las espaldas, mientras que hoy sólo acarrean ganas de adaptarse...
http://www.ortegaygasset.edu/descargas/contenidos/01_Hilario%20Rodriguez.pdf
Revista de Occidente, marzo 2011
Alejandro Amenábar (Chile, 1972):
Los cineastas como Alejandro Amenábar son trucos de magia. De pronto están, de pronto no están.Hoy hacen una película española y mañana una norteamericana. Pero el arte no conoce fronteras.
Tras el nacimiento de Hollywood, un gran número de directores, actores, guionistas o técnicos marcharon a EstadosUnidos en busca de fortuna, como antes los buscadores de oro. Todavía hoy sigue habiendo una importante fuga de talentos que dejan su hogar y se van a probar suerte allí. Sin embargo, hay diferencias entre las olas migratorias de antaño y las de la actualidad.
Antes, quienes llegaban a Hollywood lo hacían con un mundo a las espaldas, mientras que hoy sólo acarrean ganas de adaptarse...
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